miércoles, 2 de abril de 2014

Horda


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Por Rogelio Alaniz / ¿En qué momento se transformaron en monstruos? ¿En qué momento decidieron ensuciarse las manos con sangre? Imagino las objeciones: estamos cansados de los ladrones; estamos hartos de que entren por una puerta y salgan por la otra. ¡Basta de defender los derechos humanos de los delincuentes! Imagino estas objeciones, las entiendo y hasta las puedo compartir. ¿Pero, cómo se da el pasaje de la indignación o el miedo al acto criminal? Porque, que quede claro: la horda que mató a David a patadas es una horda criminal y los que se sumaron a ese acto son asesinos. Lo dicen los códigos de cualquier país civilizado, pero también lo dice el más elemental sentido común. Un defensor de la ley del Talión condenaría este crimen por desproporcionado. En Sumeria, Babilonia, Egipto, es decir, en civilizaciones que existieron hace cinco mil años, este comportamiento sería condenado. Todo se puede entender: la indignación, el miedo, la impotencia. Todo. Pero nada justifica que en nombre de esos sentimientos se despedace a una persona.

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