domingo, 10 de mayo de 2026

El Centro Cultural Urquiza participó en la conmemoración del 175° aniversario del Pronunciamiento



Con un acto realizado el viernes 1 de mayo en la Plaza Francisco Ramírez de Concepción del Uruguay se conmemoró el 175° aniversario del Pronunciamiento de Justo José de Urquiza, el 173° aniversario de la sanción de la Constitución Nacional Argentina y el Día Internacional de los Trabajadores.

La ceremonia tuvo como orador principal a Fernando Martínez Uncal, vicepresidente del Centro Cultural Urquiza, quien pronunció el siguiente discurso:

"La voz de aquel pregón pronunciado en 1851 no ha quedado atrapada en el tiempo. Por el contrario, atraviesa más de un siglo y medio y llega hasta nosotros con una claridad sorprendente, interpelándonos todavía hoy.

En la mañana del 1° de mayo de 1851, en Concepción del Uruguay, el general Justo José de Urquiza encabezó un hecho que cambiaría para siempre la historia argentina. Ante un pueblo reunido en silencio expectante, se leyó la proclama que anunciaba la decisión de Entre Ríos de reasumir su soberanía, hasta entonces delegada en Juan Manuel de Rosas.

No se trataba de un gesto menor: era la afirmación de la voluntad de una provincia que reclamaba un orden nacional basado en la Constitución, en la organización institucional y en el respeto por el federalismo.

Ese día no fue solo una jornada política. Fue el inicio de una gesta. Una continuidad de aquel otro mayo de 1810, cuando los patriotas habían decidido formar su primer gobierno patrio. Cuatro décadas después, Urquiza retomaba ese camino inconcluso: el de organizar definitivamente la Nación.

Y si uno se detiene por un instante en aquella escena, puede imaginar no solo el contenido de la proclama, sino el clima humano que la rodeaba. Hombres y mujeres que, al caer la tarde, se abrazaban emocionados, comprendiendo que estaban siendo parte de un momento histórico. No era únicamente una decisión de gobierno: era la expresión de un pueblo que anhelaba un futuro distinto. Incluso el propio Urquiza, hombre de temple firme y poco afecto a exteriorizar sus emociones, se pudo ver la emoción en su rostro.

Sin embargo, la figura de Urquiza no ha sido siempre reconocida en su justa dimensión. Su accionar fue cuestionado tanto por los seguidores del denominado revisionismo histórico como por sectores liberales porteños. Se lo acusó de traidor, de ambicioso, de responder a intereses económicos o personales. Pero los hechos demuestran otra cosa.

Urquiza no era subordinado de Rosas, ni actuó movido por resentimientos hacia su persona. Luego de Caseros dispuso la devolución de todos sus bienes que le habían sido decomisados. Durante todo su exilio mantuvo con él una relación epistolar respetuosa, incluso brindándole apoyo económico. Tampoco buscó fragmentar el país, como algunos intentaron instalar o someterse a potencia extranjera alguna. Por el contrario, rechazó propuestas separatistas y defendió siempre la integridad territorial argentina, aun cuando ello implicó su descrédito y aún le costó su propia vida. En su presidencia firmó tratados con todas las naciones vecinas, como así también con las potencias extranjeras y con la Santa Sede, a través de su embajador plenipotenciario, Juan Bautista Alberdi.

El Pronunciamiento no fue un arrebato improvisado. Fue el resultado de un proceso político, militar y diplomático cuidadosamente planificado. Ya desde años antes, Urquiza impulsaba un modelo de provincia basado en la educación, el desarrollo económico y la apertura al mundo. Promovió la enseñanza pública, con el Colegio del Uruguay como emblema, pero con escuelas de niñas y de niños en todas las ciudades y villas de la Provincia. Apoyó la iniciativa privada y fomentó la llegada de inmigrantes y perseguidos políticos, ofreciendo en Entre Ríos un espacio de paz y prosperidad.

En este punto, es importante comprender que la cuestión económica también formaba parte del problema nacional. La libre navegación de los ríos, tantas veces reclamada por las provincias del litoral, no era un capricho, sino una necesidad para su desarrollo.

Romper con el monopolio del puerto de Buenos Aires significaba abrir oportunidades, equilibrar el país y dar condiciones reales de crecimiento a todo el territorio.

Frente a un país sin organización constitucional, con conflictos internos permanentes y con el riesgo latente de disgregación o de anexión de porciones de sus territorios por los países vecino, el Pronunciamiento vino a proponer un camino distinto: el de la institucionalidad y de la integridad territorial.

No fue tampoco un movimiento contra Buenos Aires. Urquiza lo dejó en claro en múltiples oportunidades, incluso después de la batalla de Caseros. Su visión era integradora. Entendía que ninguna provincia podía desarrollarse aislada, y que la Nación solo podía construirse en conjunto. Aun frente a gestos hostiles, sostuvo esa postura con firmeza y generosidad.

Y hay un hecho que ilustra con claridad esa grandeza: cuando Buenos Aires decidió separarse del resto de las provincias, lejos de responder con violencia o resentimiento, Urquiza expresó su deseo de que volviera a integrarse, afirmando que en la bandera argentina hay espacio para todas las provincias, sin excluir a ninguna. Esa mirada, profundamente nacional, sigue siendo una enseñanza vigente.

Tras el triunfo de Caseros, lejos de concentrar poder, convocó a todas las provincias a organizar el país. El Acuerdo de San Nicolás y el Congreso Constituyente de Santa Fe fueron pasos decisivos en ese sentido, que dieron fundamento legal e institucional al Pronunciamiento del que hoy se cumplen 175 años. De allí surgió la Constitución de 1853, base de nuestro sistema institucional, de cuya sanción hoy se cumplen sus primeros 173 años de vida, no por mera casualidad, sino para honrar la coronación de la gesta iniciada dos años antes.

Esa Constitución no fue un texto abstracto. Fue una herramienta concreta para transformar la realidad. Garantizó derechos, promovió la igualdad, aseguró libertades fundamentales, impulsó la educación, el trabajo y la organización social. Abrió las puertas a millones de hombres y mujeres que eligieron esta tierra para vivir y construir su futuro.

Gracias a ese marco, la Argentina comenzó a insertarse en el mundo, a desarrollar su infraestructura, a consolidar sus instituciones. Se organizaron los poderes del Estado, se fortaleció el sistema judicial, se promovieron las comunicaciones y se avanzó en la integración regional. Incluso en momentos de tensión internacional, como el suscitado entre la República del Paraguay y los Estados Unidos, la acción política evitó conflictos mayores, privilegiando siempre la paz.

Con el tiempo, esa misma Constitución fue ampliándose, incorporando nuevos derechos y adaptándose a los desafíos de cada época. La histórica incorporación del Artículo 14 bis consagró los derechos del trabajo y de la seguridad social en Argentina. Este texto resulta ineludible para repensar y revalorizar la dignidad laboral hoy, en la conmemoración del Día Internacional del Trabajador.

La reforma de 1994 permitió reconocer derechos fundamentales como el cuidado del ambiente, la protección de los pueblos originarios y la jerarquización de los tratados internacionales de Derechos Humanos, entre los que se destacan la Convención de los Derechos del Niño y de la Protección Integral de la Mujer. Pero todo ello se hizo sobre la base firme de la Constitución histórica, que sigue siendo la columna vertebral de la organización jurídica del país.

Urquiza, como todo hombre público, tuvo aciertos y errores. Pero reducir su figura a críticas o distorsiones es desconocer su verdadero aporte. Una y otra vez, su nombre reaparece como protagonista central de la Organización Nacional.

Tal vez por eso, cada vez que la Argentina atraviesa momentos de incertidumbre, su figura vuelve a cobrar sentido. No como un recuerdo estático, sino como una referencia viva. Como un llamado a pensar en un país posible, basado en el diálogo, en el respeto institucional y en la construcción colectiva.

Hoy, cuando a veces se cuestionan las instituciones y se plantean cambios sin claridad sobre el rumbo, resulta imprescindible volver a esa historia. No para repetirla, sino para comprenderla. Para recordar que la construcción de un país exige acuerdos, responsabilidad y una profunda vocación de futuro.

La Constitución sigue siendo, a pesar de todo, el pacto fundamental de convivencia entre los argentinos. Y ese pacto tiene raíces profundas en aquella jornada del 1° de mayo de 1851.

Urquiza soñaba con una Nación unida, organizada y justa. Ese sueño no pertenece al pasado. Es una tarea inconclusa que nos involucra a todos.

Porque, en definitiva, cada generación tiene su propio “pronunciamiento”: el desafío de decidir qué país queremos construir. Inspirados en aquellos valores, vayamos a buscar el nuestro.

Muchas gracias".

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