Con un acto realizado el viernes 1 de mayo en la Plaza
Francisco Ramírez de Concepción del Uruguay se conmemoró el 175° aniversario
del Pronunciamiento de Justo José de Urquiza, el 173° aniversario de la sanción
de la Constitución Nacional Argentina y el Día Internacional de los
Trabajadores.
La ceremonia tuvo como orador principal a Fernando
Martínez Uncal, vicepresidente del Centro Cultural Urquiza, quien pronunció el
siguiente discurso:
"La voz de aquel pregón pronunciado en 1851 no ha
quedado atrapada en el tiempo. Por el contrario, atraviesa más de un siglo y
medio y llega hasta nosotros con una claridad sorprendente, interpelándonos
todavía hoy.
En la mañana del 1° de mayo de 1851, en Concepción del
Uruguay, el general Justo José de Urquiza encabezó un hecho que cambiaría para
siempre la historia argentina. Ante un pueblo reunido en silencio expectante,
se leyó la proclama que anunciaba la decisión de Entre Ríos de reasumir su
soberanía, hasta entonces delegada en Juan Manuel de Rosas.
No se trataba de un gesto menor: era la afirmación de
la voluntad de una provincia que reclamaba un orden nacional basado en la
Constitución, en la organización institucional y en el respeto por el
federalismo.
Ese día no fue solo una jornada política. Fue el
inicio de una gesta. Una continuidad de aquel otro mayo de 1810, cuando los
patriotas habían decidido formar su primer gobierno patrio. Cuatro décadas
después, Urquiza retomaba ese camino inconcluso: el de organizar definitivamente
la Nación.
Y si uno se detiene por un instante en aquella escena,
puede imaginar no solo el contenido de la proclama, sino el clima humano que la
rodeaba. Hombres y mujeres que, al caer la tarde, se abrazaban emocionados,
comprendiendo que estaban siendo parte de un momento histórico. No era
únicamente una decisión de gobierno: era la expresión de un pueblo que anhelaba
un futuro distinto. Incluso el propio Urquiza, hombre de temple firme y poco
afecto a exteriorizar sus emociones, se pudo ver la emoción en su rostro.
Sin embargo, la figura de Urquiza no ha sido siempre
reconocida en su justa dimensión. Su accionar fue cuestionado tanto por los
seguidores del denominado revisionismo histórico como por sectores liberales
porteños. Se lo acusó de traidor, de ambicioso, de responder a intereses
económicos o personales. Pero los hechos demuestran otra cosa.
Urquiza no era subordinado de Rosas, ni actuó movido
por resentimientos hacia su persona. Luego de Caseros dispuso la devolución de
todos sus bienes que le habían sido decomisados. Durante todo su exilio mantuvo
con él una relación epistolar respetuosa, incluso brindándole apoyo económico.
Tampoco buscó fragmentar el país, como algunos intentaron instalar o someterse
a potencia extranjera alguna. Por el contrario, rechazó propuestas separatistas
y defendió siempre la integridad territorial argentina, aun cuando ello implicó
su descrédito y aún le costó su propia vida. En su presidencia firmó tratados con
todas las naciones vecinas, como así también con las potencias extranjeras y
con la Santa Sede, a través de su embajador plenipotenciario, Juan Bautista
Alberdi.
El Pronunciamiento no fue un arrebato improvisado. Fue
el resultado de un proceso político, militar y diplomático cuidadosamente
planificado. Ya desde años antes, Urquiza impulsaba un modelo de provincia
basado en la educación, el desarrollo económico y la apertura al mundo.
Promovió la enseñanza pública, con el Colegio del Uruguay como emblema, pero
con escuelas de niñas y de niños en todas las ciudades y villas de la Provincia.
Apoyó la iniciativa privada y fomentó la llegada de inmigrantes y perseguidos políticos,
ofreciendo en Entre Ríos un espacio de paz y prosperidad.
En este punto, es importante comprender que la
cuestión económica también formaba parte del problema nacional. La libre
navegación de los ríos, tantas veces reclamada por las provincias del litoral,
no era un capricho, sino una necesidad para su desarrollo.
Romper con el monopolio del puerto de Buenos Aires
significaba abrir oportunidades, equilibrar el país y dar condiciones reales de
crecimiento a todo el territorio.
Frente a un país sin organización constitucional, con
conflictos internos permanentes y con el riesgo latente de disgregación o de
anexión de porciones de sus territorios por los países vecino, el
Pronunciamiento vino a proponer un camino distinto: el de la institucionalidad
y de la integridad territorial.
No fue tampoco un movimiento contra Buenos Aires.
Urquiza lo dejó en claro en múltiples oportunidades, incluso después de la
batalla de Caseros. Su visión era integradora. Entendía que ninguna provincia
podía desarrollarse aislada, y que la Nación solo podía construirse en
conjunto. Aun frente a gestos hostiles, sostuvo esa postura con firmeza y
generosidad.
Y hay un hecho que ilustra con claridad esa grandeza:
cuando Buenos Aires decidió separarse del resto de las provincias, lejos de
responder con violencia o resentimiento, Urquiza expresó su deseo de que
volviera a integrarse, afirmando que en la bandera argentina hay espacio para
todas las provincias, sin excluir a ninguna. Esa mirada, profundamente
nacional, sigue siendo una enseñanza vigente.
Tras el triunfo de Caseros, lejos de concentrar poder,
convocó a todas las provincias a organizar el país. El Acuerdo de San Nicolás y
el Congreso Constituyente de Santa Fe fueron pasos decisivos en ese sentido,
que dieron fundamento legal e institucional al Pronunciamiento del que hoy se
cumplen 175 años. De allí surgió la Constitución de 1853, base de nuestro
sistema institucional, de cuya sanción hoy se cumplen sus primeros 173 años de
vida, no por mera casualidad, sino para honrar la coronación de la gesta iniciada
dos años antes.
Esa Constitución no fue un texto abstracto. Fue una
herramienta concreta para transformar la realidad. Garantizó derechos, promovió
la igualdad, aseguró libertades fundamentales, impulsó la educación, el trabajo
y la organización social. Abrió las puertas a millones de hombres y mujeres que
eligieron esta tierra para vivir y construir su futuro.
Gracias a ese marco, la Argentina comenzó a insertarse
en el mundo, a desarrollar su infraestructura, a consolidar sus instituciones.
Se organizaron los poderes del Estado, se fortaleció el sistema judicial, se
promovieron las comunicaciones y se avanzó en la integración regional. Incluso
en momentos de tensión internacional, como el suscitado entre la República del
Paraguay y los Estados Unidos, la acción política evitó conflictos mayores,
privilegiando siempre la paz.
Con el tiempo, esa misma Constitución fue ampliándose,
incorporando nuevos derechos y adaptándose a los desafíos de cada época. La
histórica incorporación del Artículo 14 bis consagró los derechos del trabajo y
de la seguridad social en Argentina. Este texto resulta ineludible para
repensar y revalorizar la dignidad laboral hoy, en la conmemoración del Día
Internacional del Trabajador.
La reforma de 1994 permitió reconocer derechos
fundamentales como el cuidado del ambiente, la protección de los pueblos
originarios y la jerarquización de los tratados internacionales de Derechos
Humanos, entre los que se destacan la Convención de los Derechos del Niño y de
la Protección Integral de la Mujer. Pero todo ello se hizo sobre la base firme
de la Constitución histórica, que sigue siendo la columna vertebral de la organización
jurídica del país.
Urquiza, como todo hombre público, tuvo aciertos y
errores. Pero reducir su figura a críticas o distorsiones es desconocer su
verdadero aporte. Una y otra vez, su nombre reaparece como protagonista central
de la Organización Nacional.
Tal vez por eso, cada vez que la Argentina atraviesa
momentos de incertidumbre, su figura vuelve a cobrar sentido. No como un
recuerdo estático, sino como una referencia viva. Como un llamado a pensar en
un país posible, basado en el diálogo, en el respeto institucional y en la
construcción colectiva.
Hoy, cuando a veces se cuestionan las instituciones y
se plantean cambios sin claridad sobre el rumbo, resulta imprescindible volver
a esa historia. No para repetirla, sino para comprenderla. Para recordar que la
construcción de un país exige acuerdos, responsabilidad y una profunda vocación
de futuro.
La Constitución sigue siendo, a pesar de todo, el
pacto fundamental de convivencia entre los argentinos. Y ese pacto tiene raíces
profundas en aquella jornada del 1° de mayo de 1851.
Urquiza soñaba con una Nación unida, organizada y
justa. Ese sueño no pertenece al pasado. Es una tarea inconclusa que nos
involucra a todos.
Porque, en definitiva, cada generación tiene su propio
“pronunciamiento”: el desafío de decidir qué país queremos construir. Inspirados
en aquellos valores, vayamos a buscar el nuestro.
Muchas gracias".



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