lunes, 21 de septiembre de 2026

LA BRECHA DE PORTA PÍA Y LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN DEL PENSAMIENTO

Por José Antonio Artusi

Hace 156 años, el 20 de septiembre de 1870, los cañones del general Raffaele Cadorna abrieron un boquete en la muralla Aureliana, cerca de la Porta Pía, en Roma. Por ahí entraron los bersaglieri del ejército del recién nacido Reino de Italia, y con ellos terminó el poder temporal de los papas en Italia. Roma —la Roma de los Estados Pontificios, la de los tribunales eclesiásticos y el índice de libros prohibidos— dejaba de ser una teocracia para convertirse en capital de un Estado laico. De ahí viene que esta fecha se conmemora en algunos lugares del mundo como el Día de la Libertad de Expresión del Pensamiento.

Aquella acción militar, que consumó la unificación italiana y puso fin al poder temporal de los Estados Pontificios, trascendió las fronteras del mapa europeo para convertirse en una encrucijada conceptual de la modernidad. No se trató meramente de una disputa territorial ni de un alineamiento de fronteras geopolíticas: fue la victoria simbólica del Estado laico, de la tolerancia plural y de la autonomía del individuo frente al absolutismo dogmático.

Lo que se derrumbó aquella mañana en la muralla Aureliana no fue solamente un régimen político particular, sino una cierta manera de entender la relación entre la autoridad y la verdad: la idea de que existe un poder con derecho a fijar lo que se puede pensar, decir e imprimir. Contra esa pretensión, que reaparece bajo disfraces nuevos en cada generación, se erige el 20 de septiembre como fecha simbólica de la razón emancipada del dogma. No hace falta ser anticlerical —yo no lo soy— para reconocer que aquella Brecha significó, en los hechos, la ampliación del espacio de la conciencia individual frente a cualquier autoridad que pretenda monopolizar la verdad.

Conviene no confundir esta celebración con otras efemérides. No se trata del Día Mundial de la Libertad de Prensa impulsado por las Naciones Unidas y la UNESCO (que se recuerda el 3 de mayo, en memoria de la Declaración de Windhoek), sino de una conmemoración de raíz laica y liberal, vinculada al librepensamiento y a la tradición republicana que separa Iglesia y Estado. Su sentido original es político-filosófico: reafirmar que nadie debe ser hostigado por lo que piensa, dice o escribe, y que la diversidad de opiniones es condición de una sociedad abierta.

La libertad de expresión no es una concesión graciosa del poder ni un privilegio otorgado por las mayorías circunstanciales. Es un derecho humano fundamental, anterior y superior al Estado mismo, indisociable de la dignidad de la persona. Presupone la facultad indeclinable de dudar, de discrepar, de investigar y de difundir información e ideas sin persecuciones ni cortapisas de ningún tipo.

No es casual que la generación argentina que catorce años más tarde sancionó la ley 1420 de educación común, y más tarde el Registro Civil y el matrimonio civil, bebiera de fuentes muy parecidas a las que alimentaron a los bersaglieri que entraron por Porta Pía. Aquella dirigencia liberal y progresista del ochenta entendía la secularización del Estado no como una cruzada contra la fe de nadie, sino como la condición de posibilidad de la libertad de todos: solo un Estado que no impone una ortodoxia puede garantizar que cada cual profese la suya, o ninguna, sin quedar por ello sometido a alguna forma de discriminación que vulnere la igualdad.

La libertad de pensamiento no consiste solamente en el derecho a expresar aquello que pensamos. Es algo bastante más profundo: es el derecho a pensar. A dudar. A preguntar. A cambiar de opinión. A buscar argumentos. A equivocarnos. A escuchar al adversario. A revisar nuestras propias convicciones. Y, sobre todo, a no aceptar como verdad obligatoria aquello que una autoridad, cualquiera sea, pretende imponer como tal.

La civilización moderna no nació de la unanimidad. Nació, en buena medida, de la rebelión contra ella. El progreso humano ha sido posible porque hubo hombres y mujeres que se atrevieron a formular preguntas incómodas, a desafiar dogmas, a discutir tradiciones, a cuestionar privilegios y a sostener opiniones que en su tiempo eran consideradas absurdas, peligrosas o incluso heréticas. John Stuart Mill argumentó que una sociedad que silencia una opinión no solamente perjudica a quien la sostiene: se perjudica a sí misma, porque pierde la posibilidad de contrastar sus propias certezas.

De allí que la libertad de expresión no sea un adorno de las democracias republicanas. Es una de sus condiciones de existencia. La Declaración Universal de los Derechos Humanos lo expresó con admirable claridad en su artículo 19: toda persona tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión, incluyendo el derecho a buscar, recibir y difundir informaciones e ideas por cualquier medio.

Y tampoco se trata de un derecho aislado. La libertad de pensamiento está íntimamente relacionada con la libertad de conciencia, la libertad de culto, la libertad de prensa, el derecho de reunión, el acceso a la información y, en definitiva, con la posibilidad efectiva de participar en una sociedad democrática.

Sin embargo, a más de siglo y medio de la gesta de la Porta Pía, las amenazas a la libertad de expresión del pensamiento no se han disipado; simplemente han mutado de ropaje. Las antiguas censuras de imprenta, los edictos absolutistas y los dogmas inapelables han dado paso a desafíos contemporáneos tanto o más sofisticados y perniciosos.

Aquí es donde la conmemoración de hoy deja de ser un capítulo de historia europea del siglo XIX para volverse asunto nuestro y contemporáneo. Porque el dogmatismo no necesita demasiadas condiciones para reproducirse. Cambia de vestuario y de lenguaje con una facilidad asombrosa, y hoy se presenta con frecuencia disfrazado de virtud progresista, de corrección política, de relativismo cultural, de sensibilidad ofendida que exige silencio o tolerancia a la desvirtuación de la universalidad de los derechos humanos en nombre de la paz social. La libertad de expresión del pensamiento no muere solamente por decreto; muere también, y quizás sobre todo hoy, por el cansancio de quien prefiere callar antes que arriesgarse al escrache o la cancelación.

¿En cuántos países en pleno siglo XXI la libertad de expresión del pensamiento y la libertad de culto están formal o realmente amenazadas o vulneradas en nombre de fundamentalismos y absolutismos, ya sea de raíz religiosa o ideológica? Más allá de la cantidad exacta, son demasiados.

La libertad de expresión del pensamiento no es un derecho adquirido de una vez y guardado en la Constitución como una reliquia; es un músculo que se atrofia si no se ejercita, y que se ejercita, precisamente, discutiendo con quien piensa distinto, y no solamente celebrando entre iguales lo bien que pensamos todos nosotros.

Pero tampoco existe libertad auténtica cuando solamente unos pocos tienen las herramientas para hacer uso de ella. Un ciudadano sometido a la ignorancia, a la pobreza extrema o a la dependencia clientelar difícilmente pueda ejercer plenamente sus derechos, entre ellos el de expresar su pensamiento. La libertad requiere condiciones materiales, y también requiere instituciones que la protejan y que garanticen la igualdad de oportunidades. No hay contradicción entre ambas dimensiones. Al contrario: se necesitan mutuamente.

La libertad de pensamiento, como toda libertad verdadera, no se decreta ni se conquista de una vez: se practica, se defiende y, sobre todo, se ejerce con la conciencia permanente de que el que piensa distinto tiene el mismo derecho que nosotros, y que debemos ser los primeros en defenderlo. 

 

Publicado en el diario La Calle el 20 de septiembre de 2026.

domingo, 20 de septiembre de 2026

El verdadero sentido de la educación laica y el legado de la Generación del 80

Por Fabián Parlatto

A propósito de las reflexiones que circulan cada 17 de septiembre sobre la figura de José Manuel de Estrada y el Día del Profesor, se vuelve imperioso proponer un debate histórico, político y académico que discuta la narrativa del "martirio" y ponga las cosas en su justo lugar.

La historia de la educación argentina no puede ser leída bajo el prisma de un victimismo que confunde deliberadamente la defensa del orden constitucional con la intolerancia religiosa.

La destitución de Estrada de sus cátedras en 1884, bajo la presidencia de Julio Argentino Roca, no fue un acto de despotismo arbitrario, sino una medida de legítima defensa republicana.

Un Estado soberano no puede financiar, sostener ni legitimar en sus universidades oficiales a funcionarios públicos que utilicen sus tribunas para boicotear las leyes de la Nación.

Estrada no fue perseguido por sus ideas católicas en el ámbito privado; fue removido por militar activamente, desde las instituciones del propio Estado, en contra de la Ley 1420 de Educación Común, Laica, Gratuita y Obligatoria, la piedra angular del progreso social argentino.

La Generación del 80 comprendió con lucidez histórica que la construcción de una república moderna exigía la emancipación de la sociedad civil de la tutela clerical.

Los inmensos avances de aquella época —la creación del Registro Civil, el Matrimonio Civil y la escuela pública universal— no buscaron suprimir la fe de los ciudadanos, sino quebrar el monopolio dogmático de una institución que pretendía subordinar la soberanía nacional al dictado de Roma.

La laicización estatal fue el triunfo de la ciencia, la razón y el pluralismo sobre el oscurantismo integrista.

Resulta una contradicción flagrante apelar a la "libertad de enseñanza" para justificar la postura de Estrada. La doctrina clerical que él defendía con vehemencia históricamente persiguió el libre pensamiento, censuró la investigación científica y pretendió segregar a quienes no comulgaban con su credo. Pretender introducir la enseñanza religiosa católica en las escuelas públicas no es un acto de libertad; es un acto de coerción dogmática e imposición ideológica sobre infancias que tienen derecho a una educación científica, universal e igualitaria.

La célebre frase de Estrada sobre las "astillas de las cátedras destrozadas por el despotismo" debe ser reinterpretada con rigor sociopolítico.

Lo que el proyecto liberal y laicista del siglo XIX destrozó no fue el derecho a educar, sino el privilegio corporativo de adoctrinar.

Las tribunas de la escuela pública argentina se fundaron para enseñar la ciudadanía democrática, no para perpetuar el sesgo de una sola fe.

En pleno siglo XXI, esta disputa sigue cobrando una vigencia dramática. La defensa de la educación pública y gratuita no es un asunto del pasado; es la trinchera actual contra los intentos de mercantilizar el conocimiento o de resucitar dogmas para fragmentar a la sociedad.

La laicidad es, hoy más que nunca, la única garantía de que el aula pública sea un espacio de resistencia, diversidad e inclusión frente a los nuevos y viejos fundamentalismos.

Ya lo advertía con crudeza Domingo Faustino Sarmiento al combatir la injerencia eclesiástica en el pensamiento nacional:

"La instrucción pública no es un beneficio que se deba a los pueblos, sino una obligación del Estado... [y si la teología la absorbe] el clero no enseña para formar ciudadanos, enseña para formar creyentes obsecuentes y subordinar el poder civil a la autoridad eclesiástica".

Esa misma antorcha laicista y democrática fue la que empuñaron los jóvenes de la Reforma Universitaria de 1918. En el histórico Manifiesto Liminar redactado por Deodoro Roca, los estudiantes plasmaron un quiebre definitivo contra el orden que Estrada defendía, exclamando con fuerza universal:

"Hombres de una república libre, acabamos de romper la última cadena que en pleno siglo XX nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica... Los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan".

Homenajear el Día del Profesor implica reivindicar la laicidad como la garantía máxima de la convivencia democrática. Recordamos hoy a aquellos educadores que, al amparo de la Ley 1420 y el espíritu reformista, hicieron de la escuela y la universidad pública el territorio inalienable de la igualdad; un faro soberano donde la razón, el pensamiento crítico y el conocimiento científico son las únicas guías hacia la verdadera libertad.

sábado, 19 de septiembre de 2026

JORGE ENRIQUE MARTÍ, EL POETA DE LA ENTRERRIANIDAD


Por Adriana Ortea

Conocí a Jorge -en Colón- en su última década, y Liebig fue el motivo de nuestro encuentro: la historia del pueblo, la fábrica y su gente nos convocó. Nos hicimos amigos. Compartimos almuerzos y tardes de mate -siempre junto a Marta-. También, cenas musicales de verano en el patio familiar, con hijos, nueras y algún nieto.

El amigo poeta… más allá de Liebig

Desde la partida de Jorge y Marta, me aventuré entre sus papeles, documentos y libros, para conocer así “al poeta de la entrerrianidad” que se expandió como escritor de la palabra, mucho más allá de los límites del pago chico.  El trabajo con su archivo me permitió descubrir un acervo documental que es testimonio de toda una vida a orillas del rio Uruguay… y esta exploración me permite ahora compartir con ustedes su devenir.

Del Paraná al Uruguay [1926 – 1930]                       

Martí se movió como pez en el agua en mundos diversos, de tensiones y encuentros. Abrazó a “su entre ríos” desde el río Paraná donde nació, hasta el río Uruguay desde donde voló poéticamente. El río de los pájaros tiene una presencia preponderante. Al punto, de haber soñado un “canto de amistad hermanado” con Aníbal Sampayo. Esto, quiso ser una edición de poemas y músicas dedicadas “al río que nos une… y a veces nos desune”.

En Rosario, nació en el día del maestro y fue para muchos, un poco maestro. Tiene pocos recuerdos de su casa natal, pero aquí lo vemos en algunas fotos de su padre: con su madre, en el patio, en sus primeros pasos… antes de viajar los tres en tren a BA y navegar en el Vapor de la Carrera de la empresa Mihanovich.

En Colón, lo recibió el puerto “que hoy ya no está”, pero siempre permanece el río de los pájaros. Con su madre recorrían la costanera -donde Quirós alguna vez lo saludó y lo contó en un poema. También, paseaban por el parque con el nombre del mismo Quirós. Quizás, por ello ¡fue su gran admirador!

El pueblo trabajador [1930-1955]  

El destino entrerriano era Fábrica Colón, donde su padre fue jefe de serenos, pero también de enfermería, y tiempo después, se ocupó del comedor de obreras, del guardarropa y la niñería. Su niñez se desarrolló entre la diversidad de trabajadores: desde los jefes que hablaban inglés a los peones correntinos que dominaban el guaraní. Jorge se definió como un “guri chalesero en medios populares,” entre trabajadores, obreros y obreras.

Cuando llegaron al pueblo, se inauguraba el puente sobre el Perucho. La casa de Liebig pronto se llenó de plantas gracias a la mano de su madre y su padre tuvo urracas hasta que el niño les abrió la jaula, y las dejo volar. Los padres vivieron en el pueblo hasta su jubilación, cuando se mudaron a Colón con su hijo y familia.

Jorge se movió entre la escuela Hipolito Vieytes y la biblioteca, donde retiraba libros -sobre todo novelas- p/su madre. Un mundo de juegos entre chapitas y bolitas… donde fue compañero de Zelich, Dominchin y Barreto. Vecino de los ilustres Ogan Rivadavia y amigo de los inglesitos Grace y Hunt… pero, también de los bravos correntinos, conocidos como los “Pujolines”

Tomó la comunión en el club porque aún no había capilla en el pueblo. Más grande, vino el fútbol al arco en la canchita de la canaleta y las salidas en bicicleta, pero su sitio predilecto fue el monte y el río, donde aprendió a pescar con su padre y se metió entre las islas en canoa con el sereno García. Por todo esto, el escritor Panizza lo llamó el “vate del Perucho”.

Los Martí, como todas las familias del pueblo trabajador participaron de la vida comunitaria: en el fútbol o el golf o el tenis, en cumpleaños y “juntadas” de niños y en la inauguración tardía de la capilla (1950). Jorge continuó siempre ligado a Liebig. Iba y venía mientras estudiaba. Luego, escribirá sobre las crisis económicas de la Compañía; y la familia Reobasco fue el vínculo permanente de información.                        


La casa de las tonadas [1939-1943]

Del pueblo pequeño, Martí arribó a la ciudad de Concepción del Uruguay. Allí encontró un clima distinto. Su adolescencia transcurrió en un colegio de prestigio, internado entre las “múltiples tonadas de erres arrastradas y nombres guaraníes”. En La Frater, conoció la amistad de los hermanos que no tuvo. Jorge siempre valoró cuanto le debía a esta entidad solidaria comprometida con los “jóvenes ricos de inteligencia y pobres de fortuna.”

El tiempo del colegio histórico -como lo escribirá más adelante- fue el tiempo de las serenatas, la plaza Ramírez dominguera y sus vueltas alrededor, la llamada de la campana, los paseos en chalana, ir al puerto para ver los barcos pasar, el mate compartido, el chécale celebratorio, las pitadas del 1° cigarrillo… y también, por qué no, las primeras noviecitas.

Los primeros versos surgen a escondidas y firmados con seudónimo. El archivo de Jorge conserva esos Cardos Iniciales del ’42 al ’44 manuscritos en tinta -escritos en Fábrica Colón o Concepción- sucesos cotidianos que resultan ser su inspiración nostalgiosa. En 1943, recibió su primera medalla por sus líneas en prosa y verso: La Frater pasado, presente y futuro… y desde entonces, ya se sintió escritor.

 

De Rojas a Panizza [1944-1958]:

Entre la probable medicina y la literatura puso rumbo a Buenos Aires para estudiar en Filosofía y Letras. Allí conoció al escritor Ricardo Rojas, su mentor literario y político, de quien “aprendió lo poco que sabe”. Jorge lo visitaba en su casa: “la cátedra libre de la calle Charcas”, mientras estuvo prohibido en la facultad. Tocaba el timbre y se presentaba: “Martí, de Entre Ríos” … y no hacía falta decir mucho más.

La universidad y la biblioteca de calle México le regalaron charlas de grandes escritores y su amistad (más tarde compartida en su libro Poetas). También, comenzó su militancia estudiantil con un mes en Devoto… y continuó, a pesar de las injusticas del poder y a veces, de sus propios correligionarios. Radical por herencia, no fue candidato a nada. Por entonces, comenzará a publicar sus poemas en El Orden de Colón.

Entre Rojas y Panizza se decide el rumbo de Jorge. Rojas le marcó el sentido de “argentinidad” y Panizza el de “entrerrianía” [osada y guerrera]. Con el tiempo, el poeta abrazó un concepto más amplio y profundo: la “entrerrianidad”, esa confluencia de paisajes, costumbres y su gente.

El acervo documental de Martí refleja la trascendencia de estas amistades al conservar sus libros dedicados, cartas y tarjetas… y es importante destacar que el Museo Rojas conserva 18 cartas Jorge del ’47 al ’56. Así como Rojas lo motivó a volver a Entre Ríos; Panizza lo incitó a editar sus versos: “repáselos, corríjalos y publíquelos”.

Consiguió sus primeros artículos en La Nación por gestión de Rojas. Al primero sobre el Palmar, le siguieron otros de la ciudad de Colón y Concepción, como una manera de dar a conocer las bellezas entrerrianas. Aceptó la dirección de El Orden y será clausurado por el “censor Visca”, por el sólo hecho de ser opositor. Es aquí que comienza a desprenderse de su seudónimo y publica sus primeros libros: Panambí y Al Colegio del Uruguay, compartiendo sus recuerdos fraternales.

A éstos, le siguió Fraternilia, que coincide con el 75° aniversario de La Frater cuando Ernesto Maxit le propone la vicedirección; y poco después, llega Antigua Luz, que recibirá la Faja de Honor de la Sociedad de Escritores junto a Bioy Casares y otros. Por entonces, la peña Ñanderogami se convirtió en “los domingos de empanadas locro y vino”, punto de encuentro con Florencio López, “el de la mano abierta”, y el arpa del uruguayo Aníbal Sampayo.

Para publicar Antigua Luz, Panizza recomendó la Imprenta Urquiza Cabral, donde conoció a Marta, su compañera por más de sesenta. Comenzó un proyecto con su suegro para hacer tres o cuatro libros por año y una antología de poetas fraternales [que nunca se editó]. En el marco de la Revolución Libertadora es nombrado Director de Penales: dejó su río Uruguay para reorganizar trece penales. Sin embargo, en año y medio fue un hombre a la deriva, sin trabajo, alejado de la familia … y desilusionado porque “el triunfo de la libertad y la consigna de reconstrucción no aseguró ni honestidad, ni capacidad ni vocación” …

Esta es mi casa [1960-2018]:

Colón fue el lugar elegido para formar el hogar, con Marta, cinco hijos y más tarde, se sumarían sus padres. Conociendo la casa me cuesta imaginar cómo vivían allí nueve personas… sin dudas, apretadísimos, pero con mucho amor… afecto que se derramaba entre amigos, hermanos fraternales y discípulos…. porque la puerta de casa siempre estuvo abierta!

La casa de Colón antes fue Consulado de Uruguay y vivienda de los Sanguinetti, donde recibió inundados en la creciente del ’59. Allí funcionó la imprenta familiar:  con Marta de impresora: hacemos todo/editamos Tribuna, el semanario/y también la revista así llamada… /Como aval protector de la inversión/ teníamos trabajo asegurado/y en la mitad del sueño programado/cerró Liebig y nuestra protección.

Algunas de sus publicaciones fueron: el periódico y revista Tribuna… el proyecto Tribuna Deportiva y la guía Colón, la entrerriana de paisaje millonario. También, editaron una guía de televisión para Paysandú y Concepción. Hacia 1965 hicieron un gran trabajo con las cajas de caldos de pollo para Liebig y en 1977, para el centenario, “La Frater Cantada”, con poemas de autores fraternales.

A fines de los ’50 -con Liebig en crisis- un grupo de vecinos se preocuparon por los efectos en Colón y empezaron a reunirse con el sueño de una refundación a partir del turismo. La llegada al gobierno municipal de Dominchín (vecino y amigo de Liebig) llevó a Jorge a sumarse y, en esa gestión alumbraron grandes proyectos: la balsa, las casillas, el proyecto del puente, los bungalows, el palmar, el hotel, la difusión callejera, etc.

Jorge -desde la Comisión de Cultura- fue el nexo con Luis Perlotti para el monumento a Quiros del centenario (1963). El escultor desde 1953 tenía guardado en su taller los yesos del conjunto escultórico La Protección y les presentó 2 croquis a mano alzada para su elección. En principio envió la maqueta y un medallón del Dr. Quirós (diciembre) y luego, mandó los planos de obra, para levantar la escultura frente al parque.

La década del ’70 prometía: edita en su imprenta Entre Ríos y canciones, comienza con las Opiniones de un entrerriano en la radio… y se inician las obras del puente Colón-Paysandú. Nuevamente, la gestión municipal de su amigo Roberto Girard lo motivó a integrarse como secretario de Gobierno, donde el programa prometía “el despegue de Colón”. Se inauguró el puente, pero sin público… y en lugar de Puente de la Amistad se lo denominó Artigas.

En 1975 llegó su consagración como poeta con Rapsodia Entrerriana al recibir el premio Fray Mocho, aunque el libro se publicó varios años después (por resistencia del gobierno militar). Este periodo fue muy prolífico en sus colaboraciones periodísticas: la revista Sucesos de Concepción en los domingos y diario El Sol de Concordia. También, fue muy relevante su participación radial en La Noche de Entre Ríos de Roberto Román: “porque todo el mundo se prendía a la radio y la escuchaba… aunque él no cobró un peso.”

Al regreso de la democracia cumplió su deseo de trabajar en la educación. Entró en la UNER, en Extensión Universitaria (1984) y luego fue Asesor del Rectorado (1990). Su labor se enfocó en la creación de la editorial, la imprenta y el coro; le otorgaron el Honoris Causa a Linares Cardozo y estuvo involucrado en el Grupo Montevideo; donde propiciaban el intercambio estudiantil. Continuó con el periodismo en el diario HOY, donde escribió las Opiniones de un entrerriano.

El siglo XXI, lo encontró jubilado, pero no inactivo: entre la Cantata Unión y Libertad -dedicada a Urquiza- con su hijo Polo Martí, y una prolífica producción de sonetos -reversionados o nuevos- que en mi humilde entender representan un conjunto de memorias colectivas. Si, son sus propios recuerdos… sin embargo, el verso toma la primera persona y sus poesías se revelan como memorias entrerrianas.

Jorge había pasado orgullosamente sus 90 y una simple caída -o no tanto- pensando en su altura, complicó su rutina de caminar hasta el río o su lectura de los diarios -siempre cortando y pegando- y la escritura poética manuscrita a lápiz.

Seleccioné dos descripciones en sus propias palabras, de sus últimos años. Jorge, hizo periodismo de ideas, para decir lo que había que decir. Su poesía es sencilla, para llegar a todos. No fue profesor porque había que afiliarse al peronismo, y no lo quiso hacer. Como poeta fue introvertido y como ciudadano extrovertido. Por sobre todas las cosas, y por mi propia experiencia, fue hombre generoso y abierto.

Y como fue un hombre bueno tuvo ¡un millón de amigos! Por favor, no se enojen conmigo, sino están en las imágenes… no podía incluir a todos y sin dudas, no los conozco a todos. Este mosaico de amigos son una muestra muy pequeña… pero, los verdaderos amigos saben que lo fueron y esto es lo que vale.

Tiempo de cosechas [reconocimientos]

Jorge, a partir del mandato de su maestro Rojas -y ya desde Colón- salió a recorrer su provincia y en cada rincón que pudo disertó sobre Lugones, Leguizamón y Monteavaro, Rojas; San Martín en Entre Ríos, Ramírez en la poesía, José Hernández y el Martín Fierro, Urquiza entre Sarmiento y Rosas, etc. Recitó sus poemas… y más importante aún, los músicos le pusieron guitarra… y las coplas llegaron a su pueblo.

A partir de 1970 hasta la fecha sus sonetos han sido musicalizados por artistas como los Hermanos Cuestas, por el Zurdo Martínez y Walter Heinze, por Marita Londra, Jorge Méndez, Anibal Sampayo y Carlos Aguirre, Ariel Asselborn y por supuesto, sus hijos músicos Polo y Jorge Martí, acompañados por Beti Plana… y debo estar olvidando a mas de uno.

Tras la 1° medalla de honor en el concurso estudiantil (1943), su libro Antigua Luz recibió la Faja de honor de la SADE (1954) y Rapsodia Entrerriana el Fray Mocho (1975)… y desde entonces, recibió múltiples reconocimientos a su “labor como poeta y escritor colonense”, trabajador por la cultura entrerriana.

El Cimarrón Entrerriano -a la trayectoria- le fue entregado por Roberto Romani. Recibió el Escenario de Oro en Paraná y el Camila Nievas en Gualeguaychú. La ciudad de Colón reconoció su aporte a la cultura y a la comunidad; y Villa Elisa lo nombró Prócer de la Cultura. El Senado de Entre Ríos le rindió homenaje a los “adultos notables”, los Diputados lo nombró Embajador de la Cultura y La Frater le otorgó el Honoris Causa en 2013.

Si de reconocimientos hablamos, no sólo se ha destacado su “trayectoria literaria como poeta y maestro” sino que su 1° obra Panambi -versos entrerrianos- ha sido valorada al cumplir los 50 (por el Concejo Deliberante de Colón) y a los 60 años (por la Cámara de Diputados de Entre Ríos) de su publicación.

En su tramo final, Jorge fue inspiración para jóvenes en proyectos periodísticos como El Ombú y la reedición de Tribuna en Colón. Me pasó lo mismo cuando fui a entrevistarlo con el periodista Senén González y me ofreció su colección de diarios y fotografías, origen de mi libro sobre Liebig. La antología de Andrew Graham-Yooll es un honor especial porque uno de sus poemas fue traducido junto a los de Calveyra y Mastronardi… y llegaron a la Feria de Frankfurt.

Entre legado y memorias [valor del archivo Martí]

Entre tanto vivido, escrito y recitado, las palabras y las coplas de Martí resuenan en la emoción y el latido entrerriano. En la casa de 3 de febrero 66 me he encontrado con lo que el escritor nos dejó… es nuestra herencia, una herencia familiar y una herencia entrerriana.

El acervo documental representa 95 metros lineales distribuidos en bibliotecas, muebles y cajas: son 3500 libros, periódicos y revistas impresos, 600 documentos en papel, 25 cuadros, 90 premios personales, incontables fotografías [propias y de su padre] y casi 1000 ítems, en formato musical… que aguardan su organización y conservación.

Los álbumes fotográficos de su padre Francisco son cuatro con fotografías en blanco y negro que retratan la niñez de Jorge y familia, la vida en la fábrica y en el pueblo de Liebig; así como la llegada del primer nieto, Jorgito.

Entre papeles y papelitos encontramos originales manuscritos, algunos escritos en tinta, otros a lápiz o tipeados… los sonetos impresos en Tribuna de Entre Ríos y Canciones, que no llegaron a ser libro… y no puedo afirmarlo, quizás hay ¿alguna poesía inédita?

El epistolario de Jorge contiene correspondencia con periodistas, escritores, poetas y “amigos fraternales” … hasta la viuda de Quirós. Una carta de Calveyra, desde París, confiesa tener Rapsodia en la cabecera de su cama: “en cualquier momento leo un poema y la provincia desciende. Para mí, es una fiesta”.

Descubrí cuadernos manuscritos, otros con recortes de los poemas publicados en el periódico El Orden como Javier U. Paz; así como “maquetas poéticas” de sumo interés. Llamó mi atención la antología de poetas fraternales y entrerrianos [la que no se editó]… proyecto que, últimamente, había estado en conversación con Andrew Graham-Yooll y Juan Meneguin, para una posible publicación.

La colección bibliográfica es muy amplia, donde la poesía en general y la poesía entrerriana; así como de amigos fraternales, tiene una gran presencia. Ejemplares autografiados y dedicados por referentes culturales de la provincia y del país dan cuenta de su trama de vínculos y relaciones, de amistad y cercanía.

Los temas de interés son amplios y diversos: el río, Quirós, el radicalismo y el peronismo, Alfonsín, la Frater, educación, literatura, personajes de la historia, Urquiza y el Palacio, Hernández y el Martín Fierro, Grupo Montevideo, el problema de las papeleras, sus grandes amigos Sampayo y el Zurdo una nota a Julio Pintos en Liebig y a Zelich, su amigo… etc.

El archivo hoy es un reservorio de papeles, de importancia emocional para la familia… o de curioso interés por las “perlitas ocultas”, para todo investigador.

De aquí en más, tenemos el desafío no sólo de custodiar una montaña de papeles sino convertirlo en un archivo accesible para investigar y crear nuevos contenidos. Queda en manos de todos los entrerrianos, de los vecinos del río Uruguay y de los colonenses, el compromiso de cuidar y difundir el legado de este gran creador.

 

¡Muchas gracias, a Jorge por su legado y muchas gracias a ustedes por celebrarlo aquí!

SE PRESENTÓ EL LIBRO DE PEDRO KOZUL SOBRE EL INICIO DE LOS PROCESOS DE MUNICIPALIZACIÓN EN LA PROVINCIA DE ENTRE RÍOS


Tuvo lugar el viernes 18 de septiembre en el Salón “José Electo Brizuela” de la Biblioteca Popular “El Porvenir” el acto de presentación del libro “Procesos de municipalización y entramados político -institucionales”, de Pedro Rodolfo Kozul. La obra indaga acerca de la construcción de jurisdicciones municipales en la provincia de Entre Ríos entre 1860 y 1872.    

El evento, organizado por el Instituto Ramiriano de Estudios Históricos, el Centro Cultural “Justo José de Urquiza” y la Asociación de Ex Alumnos del Colegio del Uruguay se realizó en el marco de la conmemoración de los 200 años de la sanción de la ley que elevó a la Capital Histórica de la Provincia de Entre Ríos a la categoría de ciudad, el 26 de agosto de 1826, durante la primera gobernación de Vicente Zapata. Esta norma surgió a raíz de una iniciativa del joven diputado Justo José de Urquiza.   

Pedro Kozul es profesor y licenciado en Historia por la UADER y doctor en Historia por la Universidad Nacional de Rosario. Becario postdoctoral del CONICET, ha publicado artículos, capítulos de libros y trabajos académicos en encuentros nacionales e internacionales. El libro presentado contiene la primer parte de su tesis doctoral, que fue distinguida con el Premio a la Mejor Tesis de Posgrado en Historia Moderna y Contemporánea otorgado por la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Nordeste y el Instituto de Investigaciones Geohistóricas en 2025.   

Tras las palabras de bienvenida a cargo del licenciado Hugo Barreto por parte del Centro Cultural Urquiza y del profesor Maximiliano Galimberti, presidente del Instituto Ramiriano, el autor brindó una disertación en la que expuso los ejes centrales de su obra, que fue comentada por el licenciado en Historia David Rodríguez y el doctor en Filosofía Américo Schvartzman, quienes se refirieron a diversos aspectos sobresalientes de la investigación de Kozul, que viene a llenar una vacancia en la historiografía regional y nacional.    

El libro de Pedro Kozul analiza el proceso de municipalización en Entre Ríos y sus relaciones con los entramados políticos e institucionales entre 1860, cuando se sanciona la Constitución provincial que crea el régimen municipal y 1872, momento en el que se logra la ley orgánica de municipalidades. Se focaliza en la construcción de las jurisdicciones municipales, así como en las articulaciones, negociaciones, tensiones, y conflictos que se produjeron entre los gobiernos locales y los representantes del Estado nacional y provincial. Fundamentalmente se centra en tres casos: Paraná, San José (jurisdicción municipal luego transferida a Colón), y Gualeguaychú.   

Las instituciones organizadoras agradecen a la Comisión Directiva de la Biblioteca Popular “El Porvenir y al numeroso público que acompañó el acto.    

jueves, 27 de agosto de 2026

CONMEMORARON LOS 200 AÑOS DE LA ELEVACIÓN DE CONCEPCIÓN DEL URUGUAY AL RANGO DE CIUDAD



Tuvo lugar el pasado miércoles 26 en el Salón “José Electo Brizuela” de la Biblioteca Popular “El Porvenir” un conversatorio denominado “Concepción del Uruguay en el siglo XIX: una ciudad, un prócer y un monumento para la posteridad”. El evento, organizado por el Instituto Ramiriano de Estudios Históricos, el Centro Cultural “Justo José de Urquiza” y la Asociación de Ex Alumnos del Colegio del Uruguay se realizó en el marco de la conmemoración de los 200 años de la sanción de la ley que elevó a la Capital Histórica de la Provincia de Entre Ríos a la categoría de ciudad, el 26 de agosto de 1826, durante la primera gobernación de Vicente Zapata. Esta norma surgió a raíz de una iniciativa del joven diputado Justo José de Urquiza.   

La categorización que distinguía lugares, villas y ciudades provenía de las Leyes de Indias, y perduró en la primera etapa de nuestra vida independiente. Durante la dominación española las ciudades sólo podían ser fundadas por el rey, de modo tal que Rocamora fundó a Concepción del Uruguay como una “villa” en 1783, rango que ostentó hasta 1826. A partir de la independencia la facultad para otorgar esos títulos pasó a los gobiernos patrios.  

Tras las palabras de bienvenida a cargo del licenciado Hugo Barreto y la presentación del panel por parte de la profesora Lorena Muñoz, el profesor Ramón Cieri se refirió al contexto histórico de la época y el arquitecto Carlos Canavessi abordó la cuestión de los orígenes de la primera pirámide erigida en la Plaza Francisco Ramírez en honor del Supremo Entrerriano, antecesora de la que podemos observar hoy en día. Finalmente, la Profesora Muñoz aportó una síntesis de lo expuesto y se generó un rico intercambio con el público.

La actividad fue declarada de interés por la Dirección Departamental de Escuelas y por la Municipalidad de Concepción del Uruguay. Durante su desarrollo se exhibió una copia del texto de la ley de elevación al rango de ciudad de las villas de Paraná y Concepción del Uruguay, documento que fue aportado por el Archivo General de la Provincia.

Las instituciones organizadoras agradecen a la Comisión Directiva de la Biblioteca Popular “El Porvenir y al numeroso público que acompañó el acto.    

domingo, 31 de mayo de 2026

EL CENTRO CULTURAL URQUIZA PARTICIPÓ EN EL ENCUENTRO REGIONAL DE MUSEOS



EL Centro Cultural “Justo José de Urquiza” participó en el V Encuentro Regional de Museos que con todo éxito e importante concurrencia de público se desarrolló en la tarde del sábado 30 de mayo en la Plaza Ramírez de Concepción del Uruguay.

El evento, que contó con la presencia de más de 30 museos, entre ellos el Museo de la Casa Rosada, fue organizado por docentes y estudiantes de la carrera de Museología de la Facultad de Ciencias de la Gestión de la UADER, sede Concepción del Uruguay, junto a los museos del Colegio del Uruguay —el Museo de Historia Natural “Pablo Lorentz” y el Museo Histórico Evocativo—, además de instituciones culturales y el acompañamiento del municipio local.

El stand del Centro Cultural Urquiza contó con banners que muestran distintas facetas del proceso histórico de la organización nacional y del legado de Urquiza, y con un video del backstage de la producción del material de la sala audiovisual realizado por la UNER, que se exhibirá próximamente en la Casa de Urquiza. Además, se repartieron folletos explicativos del proyecto del Museo de la Organización Nacional, creado por la Ordenanza 11.327, aprobada por unanimidad en el Honorable Concejo Deliberante.

La actividad se desarrolló en el marco del Día Internacional de los Museos 2026, bajo el lema “Museos uniendo un mundo dividido”, y volvió a consolidarse como un espacio clave para el intercambio, la difusión y la puesta en valor del patrimonio cultural entrerriano.

La Comisión Directiva del CCU agradece a los organizadores y los felicita por el éxito de la jornada.


Foto grupal: Santi Lacava, FGC - UADER.

domingo, 17 de mayo de 2026

ELON MUSK, SAM ALTMAN Y EL INGRESO CIUDADANO EN LA ERA DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Por José Antonio Artusi

El 16 de abril pasado Elon Musk publicó en su red social X el siguiente mensaje: "El ingreso alto universal a través de cheques emitidos por el gobierno federal es la mejor manera de hacer frente al desempleo causado por la IA. La IA y la robótica producirán bienes y servicios muy por encima del aumento de la oferta monetaria, por lo que no habrá inflación." El posteo superó los 40 millones de visualizaciones en pocas horas, lo que da una medida de la resonancia que el tema del empleo y la inteligencia artificial tiene en la opinión pública global.

El concepto de “ingreso alto universal” no es nuevo en el vocabulario de Musk. Lo viene usando desde 2023 para diferenciarlo del ingreso básico universal. Pero esta es la primera vez que lo formula con tanta precisión operativa: cheques emitidos por el gobierno a todos los ciudadanos para hacer frente al desempleo causado por la IA. La abundancia de bienes y servicios generada por la robótica y la inteligencia artificial sería tan descomunal, sostiene Musk, que no habría inflación.

En “Sam Altman y la ley de Moore para todo”, publicado en esta hoja el 11 de marzo de 2025, explorábamos las premisas de Altman sobre la drástica reducción del coste de bienes y servicios gracias a la IA, y su propuesta de distribuir esa abundancia mediante un fondo financiado con impuestos a empresas tecnológicas y a la tierra. En la segunda parte, el 29 de marzo de 2026, abordábamos la urgencia de una adecuada arquitectura política, económica y social para que esa abundancia no derive en una distopía de exclusión y dominación. El posteo de Musk esta semana ofrece una oportunidad para volver sobre el tema, esta vez en clave de contrapunto entre las dos visiones.

La propuesta de Altman es estructuralmente diferente a la de Musk. Altman no habla de cheques del gobierno. Propone capitalizar lo que llama el “American Equity Fund” mediante dos fuentes: un impuesto del 2,5% anual sobre el valor de mercado de las empresas de mayor capitalización —pagadero en acciones transferidas al fondo— y un impuesto del 2,5% sobre el valor de la tierra privada, pagadero en efectivo. Los 250 millones de adultos norteamericanos recibirían anualmente una distribución de ese fondo, en dinero y en acciones. El ciudadano no sería receptor pasivo de un cheque estatal: sería copropietario de los activos que generan la riqueza del futuro.

La raíz intelectual del componente que incorpora el valor del suelo en esta propuesta debe buscarse en el legado de Henry George, el economista norteamericano que en el siglo XIX argumentó que el valor de la tierra es una creación social —resultado del esfuerzo colectivo, de la infraestructura pública, de la densidad de actividad económica circundante— y que por lo tanto no debe ser apropiado privadamente sin retribuir a la comunidad que lo genera. El desarrollo de la IA lejos de "desmaterializar" la economía, valoriza el suelo urbano bien localizado. Los grandes centros de datos demandan energía, agua, conectividad y superficie. Las ciudades donde se concentran estos activos ven dispararse el valor de su tierra, no por el esfuerzo de los propietarios de los lotes, sino por la infraestructura y la demanda tecnológica que los rodea. Capturar esa renta extraordinaria del suelo para financiar un dividendo ciudadano es una idea tan pertinente en 2026 como lo era en 1879.

¿Een qué se diferencia concretamente la propuesta de Musk de la de Altman? No solo en el mecanismo de financiamiento, sino en algo más profundo: en la relación que establecen entre el ciudadano y la riqueza tecnológica. Altman quiere hacer propietario al ciudadano, devolviéndole lo que es suyo, Musk quiere pagarle un cheque para paliar el desempleo masivo.

Scott Santens, uno de los principales teóricos del ingreso básico universal en el mundo anglosajón, ha publicado un artículo específicamente dedicado a desmontar la distinción que Musk establece entre UBI y UHI. Su argumento central merece ser citado con precisión: un ingreso básico universal no es, por definición, bajo. El término "básico" alude a su naturaleza de piso o cimiento sobre el que se construyen todos los demás ingresos, no a su cuantía. La organización Basic Income Earth Network define el ingreso básico universal como un pago periódico en efectivo entregado incondicionalmente a todos, de manera individual, sin prueba de medios ni requisito de trabajo. La definición no menciona monto alguno, deliberadamente.

¿Por qué entonces Musk insiste en diferenciarlo? Santens apunta a una respuesta incómoda: el UHI es algo que, en la lógica de Musk, solo puede implementarse en el futuro, cuando la automatización sea masiva. El mensaje implícito sería: no redistribuyan ahora la riqueza que genera la tecnología, esperen a que todo esté automatizado y entonces hablaremos de ingresos muy generosos. Mientras tanto, la desigualdad sigue creciendo. Los trabajadores que pierden sus empleos encuentran otros peor remunerados. Y los dueños de las plataformas tecnológicas acumulan riqueza a una velocidad sin precedentes.

La paradoja es difícil de ignorar: el hombre que más contribuye a la automatización del trabajo humano —con Tesla, con los robots Optimus, etc.— es el mismo que promete cheques generosos para los desplazados. Pero los cheques llegan después.

Andrew Yang, a quien también mencionábamos en la segunda parte de nuestro artículo, ha recalibrado su discurso en una dirección que converge con las ideas de Altman. Ya no habla solo de un dividendo para paliar la pobreza, sino de un dividendo de la IA entendido como retribución por propiedad intelectual colectiva: si los modelos de inteligencia artificial se entrenan con la suma de la cultura humana, entonces la riqueza que generan es, en una medida significativa, un producto del trabajo acumulado de toda la humanidad. Esa lógica se ensambla perfectamente con el American Equity Fund de Altman: no se trata de asistencialismo, sino de retribuir a los ciudadanos su condición de proveedores involuntarios del insumo más valioso del capitalismo contemporáneo: los datos.

Dicho esto, sería injusto no reconocer que el posteo de Musk tiene el enorme mérito de poner en el centro del debate una cuestión que los sistemas políticos tradicionales todavía no saben cómo procesar. Que el hombre más rico del mundo sostenga que el gobierno debe emitir cheques para los desplazados por la IA no es una posición trivial, sobre todo en el contexto de una administración que ha hecho de la reducción del Estado su bandera. La tensión entre esa agenda y la promesa del ingreso ciudadano es evidente.

La propuesta de Sam Altman — audaz pero coherente — apunta al menos a la raíz del problema: la propiedad de los activos que generan la riqueza. La de Elon Musk, en su formulación actual, es más una señal de los tiempos que un programa de gobierno. Ambas, sin embargo, comparten una premisa que hace apenas una década habría resultado escandalosa en los círculos del poder económico: la automatización acelerada va a requerir una redistribución masiva de la riqueza, y el mercado por sí solo no la va a producir.

Esa premisa compartida, más que las diferencias de diseño, es quizás la novedad política más relevante de este momento.

 

Publicado en el diario La Calle el 17 de mayo de 2025.

jueves, 14 de mayo de 2026

TURGOT

Por José Antonio Artusi

Se cumplen 299 años del nacimiento de Turgot. Anne Robert Jacques Turgot, barón de L'Aulne, nació en París el 10 de mayo de 1727 y murió en su ciudad natal el 18 de marzo de 1781. Wikipedia lo presenta como un “un político, escritor y economista francés, cofundador de la escuela de pensamiento económico conocida como fisiocracia”.

Turgot no fue solo un funcionario ilustrado ni un tecnócrata adelantado a su tiempo. Fue, ante todo, un intelectual completo: filósofo, economista, administrador y reformador. Un hombre que reunía en su persona la rara combinación de pensamiento audaz y acción práctica, y que pagó el precio habitual de esa combinación: la incomprensión de su época y la ingratitud del poder.

Los fisiócratas fueron los primeros en intentar construir una ciencia económica sistemática, y el famoso Tableau économique de Quesnay fue, en cierto sentido, el primer modelo macroeconómico de la historia. Turgot era, al mismo tiempo, el más brillante de sus discípulos y el más heterodoxo.

Suele clasificarse a Turgot como un fisiócrata, pero esa etiqueta quizás le quede pequeña. Si bien fue amigo cercano de François Quesnay y compartió la máxima del laissez-faire acuñada por Gournay, Turgot fue un pensador profundamente original e independiente. Mientras los fisiócratas se encerraban en el dogma de que solo la agricultura creaba valor, Turgot poseía una visión más moderna: entendía el papel crucial del capital, del interés y del empresario en la creación de riqueza.

Su obra mayor, Reflexiones sobre la formación y la distribución de la riqueza, de 1766, supera con creces los límites de la escuela agraria. Turgot adelantó conceptos que Adam Smith sistematizaría una década después en La riqueza de las naciones. Aunque Smith y Turgot se conocieron, no hubo entre ellos una relación de maestro y alumno, sino de pares intelectuales que buscaban desarticular las trabas del mercantilismo.

Si hay una idea de Turgot que mantiene vigencia, es la del impuesto único sobre la tierra. Para Turgot, toda carga sobre el trabajo, el comercio o la industria resultaba en última instancia en un costo que terminaba generando ineficacia y menor creación de riqueza. Por ello, proponía que el Estado se financiara directamente de la renta no ganada de la tierra, evitando las distorsiones que asfixiaban la actividad productiva. Las cargas sobre la generación de riqueza le parecían, literalmente, absurdas: el Estado que grava el trabajo, la inversión, o el comercio, pone obstáculos al crecimiento económico. El que grava la renta de la tierra, en cambio, simplemente recupera para la comunidad un valor que la comunidad misma ha creado.

Esta idea —que Henry George reivindicaría con enrome lucidez y contundencia un siglo después en su célebre Progreso y miseria, en 1879— ha envejecido de manera envidiable. En un siglo marcado por la especulación inmobiliaria, la concentración de riqueza en pocas manos y la dificultad creciente de los sistemas tributarios para capturar las rentas financiera y digital, el impuesto al valor del suelo resurge periódicamente como una propuesta seria entre economistas de diversas escuelas y hasta en organismos como el FMI o la OCDE. Turgot, desde 1727, ya sabía algo que muchos gobiernos del siglo XXI todavía no han aprendido.

La vida intelectual de Turgot habría sido suficiente para garantizarle un lugar en la historia. Pero su paso por la acción pública la vuelve aún más fascinante, y más trágica.

Como intendente de Limoges entre 1761 y 1774, Turgot convirtió una de las regiones más pobres de Francia en un laboratorio de reformas. Construyó caminos, modernizó la administración fiscal, abolió el trabajo forzado de los campesinos para el Estado en su jurisdicción, y promovió la libertad de comercio de granos en tiempos en que el mercantilismo reglamentarista era dogma de Estado. Sus resultados fueron notables. Luis XVI, apenas subido al trono en 1774, lo llamó a París y lo nombró Controlador General de Finanzas: es decir, ministro de economía de la primera potencia continental de la época.

Turgot llegó al cargo con un programa clarísimo, resumido en una frase memorable que dirigió al joven rey: "Pas de banqueroute, pas d'augmentation d'impôts, pas d'emprunts"; “sin bancarrota, sin aumento de impuestos, sin empréstitos”. Su plan era tan sencillo en su enunciado como revolucionario en sus implicaciones: racionalizar el gasto, liberalizar el comercio de granos, suprimir los gremios medievales que asfixiaban la economía y, sobre todo, extender la carga impositiva a la nobleza y el clero, que hasta entonces gozaban de escandalosas exenciones.

Los intereses creados que Turgot amenazaba eran demasiado poderosos: la nobleza de la corte, los gremios, los especuladores en granos, el clero rentista. María Antonieta —que nunca fue precisamente una entusiasta del rigor fiscal— contribuyó a socavar su posición ante el rey. En mayo de 1776, Luis XVI cedió a las presiones y lo destituyó. Turgot murió en 1781, a los cincuenta y tres años, sin ver el desenlace de la historia que él, involuntariamente, había contribuido a precipitar. Ocho años después, la Revolución Francesa haría, por la fuerza y con el caos, sólo una pequeña parte de lo que él había intentado hacer desde el orden y la razón.

Hay una dimensión de Turgot que suele quedar opacada por el debate económico: su defensa de la tolerancia religiosa. En una Francia donde el recuerdo de las guerras de religión seguía fresco y donde el edicto de Fontainebleau de 1685 había exiliado o convertido a la fuerza a cientos de miles de protestantes, Turgot defendió con coherencia el derecho de los individuos a profesar sus creencias sin persecución estatal. No lo hizo por relativismo —era un hombre con convicciones filosóficas firmes— sino por convicción profunda de que el Estado no tiene competencia en materia de conciencia y que la persecución religiosa es, además de injusta, económicamente ruinosa.

Esta postura lo inscribe en la mejor tradición ilustrada que va de Locke a Voltaire, pero también lo conecta con debates que, paradójicamente, el siglo XXI no ha logrado cerrar. En un mundo donde la intolerancia religiosa sigue siendo fuente de conflicto —desde las teocracias del mundo islámico hasta el neonacionalismo religioso de diversas democracias occidentales—, la claridad de Turgot sobre la necesaria separación entre el poder civil y la conciencia individual tiene absoluta vigencia.

Turgot nos recuerda que las grandes reformas económicas y sociales fracasan no porque sean técnicamente incorrectas, sino porque son políticamente inconvenientes para quienes detentan el privilegio. Nos recuerda que el libre comercio y la libertad de trabajo no son invenciones recientes sino conquistas que hubo que ganar centímetro a centímetro frente a intereses corporativos y estatales. Nos recuerda que gravar las rentas “no ganadas” del suelo antes que el trabajo no es una fantasía utópica sino una propuesta con raíces intelectuales sólidas y fundamentos teóricos consistentes. Y nos recuerda también que la tolerancia no es debilidad: es la condición de posibilidad de una sociedad capaz de convivir con su propia diversidad.

En 1776 —el mismo año en que Adam Smith publicaba su obra, en que Estados Unidos declaraba su independencia y se creaba el Virreynato del Río de la Plata — Turgot fue expulsado del gobierno. Era demasiado racional y demasiado liberal para un sistema construido sobre el monopolio, los dogmas y el privilegio.

 

 

Publicado en el diario La Calle el 10 de mayo de 2026

domingo, 10 de mayo de 2026

EL CENTRO CULTURAL URQUIZA RENOVÓ SU COMISIÓN DIRECTIVA




El Centro Cultural “Justo José de Urquiza” de Concepción del Uruguay llevó adelante su Asamblea General Ordinaria el viernes ocho de mayo pasado, en la Biblioteca “Alberto Larroque” del Colegio del Uruguay, ámbito que viera nacer a la institución hace 10 años.

En primer lugar se procedió a la elección de un presidente y un secretario para presidir la asamblea, designación que recayó en Héctor César Sauret y Celomar Argachá respectivamente.

Posteriormente se puso a consideración la Memoria, Balance General e Informe de la Comisión Revisora de Cuentas, correspondientes al ejercicio cerrado. Tras minuciosos informes del presidente Hugo Barreto, el secretario Orlando Bussiello y la contadora Inés Richard, los documentos fueron aprobados por unanimidad.

A continuación se trató la renovación de los miembros de la Comisión Directiva y Comisión Revisora de Cuentas. Se presentó una única lista, que quedó consagrada como las nuevas autoridades del Centro.

La Comisión Directiva quedó conformada de la siguiente manera:

Presidente: Fernando Martínez Uncal

Vice Presidenta: Danisa Impini

Secretario: Carlos Canavessi

Pro Secretaria: María de los Ángeles De Seta

Tesorero: Dante Daian Impini

Pro Tesorero: Matías Aguirre

Vocal 1: María Angélica Gonzalez Frigoli

Vocal 2: José Vernaz

Vocal 3: José Antonio Artusi

Vocal 4: Mariano Morahan

Vocal Suplente 1: Fidel Rodríguez

Vocal suplente 2: Miguel Molina

Vocal suplente 3: Norma Morend

Vocal suplente 4: Hugo Barreto

Revisor de cuentas: Aldo Etchepare

Revisor de cuentas suplente: Ailen Guadalupe Mena.

El presidente saliente, Hugo Barreto, y el presidente entrante, Fernando Martínez Uncal se dirigieron a la asamblea y destacaron tanto los logros del CCU a lo largo de 10 años como los desafíos a encarar de aquí en más.