Por José Antonio Artusi
Se cumplen 1611
años de la muerte de Hipatia de Alejandría. Hipatia nació en Alejandría en 355
o 370 y murió asesinada el 8 de marzo de 415 en su ciudad natal. En realidad,
la fecha de su muerte no está del todo clara, pudo haber sido otro día, pero el
dato es irrelevante. No deja de ser una interesante coincidencia que el 8 de
marzo sea también el Día de la Mujer.
Hipatia fue
filósofa, científica y maestra. Descolló en los campos de la matemática y la
astronomía. Pero Hipatia fue algo más; la
encarnación del pensamiento libre en un mundo que comenzaba a cerrarse y
oscurecerse. En una época donde la Iglesia buscaba consolidar su poder mezclando
la religión con el Estado, Hipatia representaba la libertad de pensamiento y, sobre
todo, la autoridad intelectual encarnada en una mujer.
Su valioso ejemplo
no pasó desapercibido para los intolerantes. Una turba de cristianos fanáticos la
asesinó cruelmente y quemó su cadáver. Muchos historiadores asignan la
instigación del crimen al patriarca de Alejandría, Cirilo, si bien el debate
sobre la cuestión sigue abierto. Su
episcopado se caracterizó por la persecución a judíos, paganos y cristianos de
tendencias consideradas herejes, lo que abona la verosimilitud de la
acusación.
Hace 1611 años, las
calles de Alejandría fueron testigos de uno de los crímenes más atroces contra
la inteligencia. Hoy, ese mismo fanatismo, mutado pero idéntico en su esencia,
dicta sentencias en Kabul y Teherán. Y mientras el cuerpo de las mujeres sigue
siendo el campo de batalla de las teocracias, una pregunta incómoda flota sobre
Occidente: ¿Por qué guardan silencio quienes dicen defender a las mujeres y a
los derechos humanos?
El asesinato de
Hipatia no fue un accidente, sino un mensaje político. Hipatia murió por ser
una mujer que no conocía la sumisión y por poseer un conocimiento que los
clérigos de su tiempo consideraban una amenaza.
Teresa Mayor
Ferrándiz señala que “Hipatia aparece como la víctima inocente de un
integrismo cristiano que persigue, con saña, basándose en el Decreto del
Emperador Teodosio I del año 391, los cultos paganos y que destruirá toda
religión, o templo, que no sea cristiano”.
Si Hipatia resuscitara, vería un mundo que en
muchas latitudes ha sido transformado positivamente por la luz de la razón, pero
también observaría un mapa ominoso y lúgubre donde su tragedia se repite. Bajo
el régimen talibán en Afganistán, las mujeres han sido expulsadas de las
universidades y las escuelas. Su derecho a la educación es violado de manera
impune y negado expresa y formalmente por la dictadura que las oprime. Se les
ha prohibido trabajar, y, esencialmente, existir en el espacio público. Es un apartheid
de género que busca convertir a la mitad de la población en fantasmas
domésticos. Al prohibirles la educación, los talibanes no solo castigan a las
mujeres; están asesinando el futuro de una nación, tal como la turba de Cirilo
asesinó la sabiduría de Alejandría. En Irán, la teocracia
masacra a quienes claman por "Mujer, Vida, Libertad". La muerte de
Mahsa Amini por llevar "mal puesto" el hiyab fue el detonante de una
resistencia heroica. Allí, mostrar el cabello es un acto de insurrección contra
el dogma; es reclamar la propiedad del propio cuerpo frente a un Estado que
utiliza la religión como un látigo. Las mujeres iraníes están siendo torturadas
y ejecutadas por el mismo pecado que Hipatia: negarse a bajar la mirada ante el
fanatismo. Y hoy el régimen iraní masacra decenas de miles de ciudadanos que
reclaman libertad y el fin de la dictadura.
Lo más doloroso de este panorama no es solo la
brutalidad de los opresores —cuya naturaleza es previsible, y hasta coherente
con su perversa ideología— sino la cobardía cómplice de quienes, desde la
seguridad de las democracias liberales, prefieren mirar hacia otro lado o
justificar patéticamente lo injustificable.
Asistimos a una era de feminismo de salón, más
preocupado por el lenguaje inclusivo o las cuotas en los consejos de
administración de las empresas, que por la vida de las mujeres que se juegan la
vida por leer un libro en Kabul o mostrar su cuerpo en Teherán. Existe una
disonancia cognitiva aterradora en muchas organizaciones que se autoproclaman
feministas y defensoras de los derechos humanos que, por miedo a ser tildadas
de "islamófobos" o por una malentendida "tolerancia
cultural", abandonan a las mujeres que realmente ven vulnerados sus
derechos más elementales.
Las causas de este silencio seguramente son
complejas y múltiples. Pero urge analizar y denunciar el fenómeno. Una de sus
aristas consiste en el relativismo cultural como excusa:
Se ha instalado la idea perversa de que los derechos humanos son un
"invento occidental" y que no debemos "imponer" nuestros
valores. ¿Es la libertad de no ser azotada un valor local o bien universal?
Nunca enfatizaremos lo suficiente que los derechos humanos son universales y no
reconocen fronteras de ningún tipo.
Otro aspecto del desvarío occidental radica en la jerarquía de las
luchas: Para muchos sectores de la izquierda identitaria, denunciar el
fundamentalismo islámico es políticamente incorrecto. Prefieren atacar a Israel
en una calle o una universidad de Nueva York o Buenos Aires mientras callan
ante crímenes atroces contra mujeres en países donde la democracia, los valores
republicanos y los derechos humanos son considerados inventos demoníacos de
Occidente. Y puede haber también cierto miedo a la cancelación: Criticar la
opresión religiosa cuando esta no es cristiana parece haberse vuelto un tabú.
Se olvida que la intolerancia es un cáncer, independientemente del libro
sagrado que la justifique.
Es una hipocresía flagrante que se organicen
manifestaciones para reclamar la vigencia de los derechos humanos pero que las
embajadas de países totalitarios no vean a esas mismas personas exigiendo el
fin del sometimiento femenino. El silencio de las instituciones internacionales
y de los lobbies feministas no es neutral; es oxígeno para los tiranos.
Cuando se calla ante la obligación de usar el
hiyab o ante la prohibición de la educación femenina bajo la sharía, se está
validando una ideología reaccionaria y peligrosa, similar a la que martirizó a
Hipatia. No se puede defender los derechos de las mujeres y los derechos
humanos en general "a tiempo parcial" o "según la latitud",
o “según la cultura”.
La figura de Hipatia debe servirnos no sólo
como un recordatorio de lo que perdemos cuando el fanatismo triunfa, sino como
una advertencia sobre la fragilidad de nuestras propias libertades. La
tolerancia con el intolerante es, en última instancia, una traición a las
víctimas.
Las mujeres sojuzgadas en regímenes teocráticos
son las herederas de la científica de Alejandría. Cada vez que una niña afgana
estudia a escondidas, o una mujer iraní quema su velo, el espíritu de Hipatia renace.
Occidente tiene la obligación moral de no dejarlas solas. El feminismo que no
es universal es una forma de privilegio egoísta. Si no somos capaces de alzar
la voz por aquellas que no tienen voz, habremos permitido que los intolerantes
y fanáticos vuelvan a ganar la batalla, dieciséis siglos después.
Fuentes:
Mayor Ferrándiz, Teresa. "Hipatia de Alejandría. El ocaso del
paganismo." Dialnet. 2013.
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/5174553.pdf.
Toohey, Sue. "The important life and tragic death
of Hypatia." Skyscript. 2003.
https://www.skyscript.co.uk/hypatia.html.
Publicado en el diario La Calle el 8 de marzo de 2026.

























