lunes, 19 de octubre de 2026

TRES FECHAS, UNA HISTORIA: URQUIZA, LA CONSTITUCIÓN Y EL DESTINO DE UNA CIUDAD


Cerca del lugar donde nació hace 225 años, en el paraje conocido otrora como el Talar de Arroyo Largo, Justo José de Urquiza volvió a reunir este domingo a representantes de instituciones, autoridades, estudiantes, docentes y vecinos para recordar su figura y, al mismo tiempo, poner en valor el legado que dejó en la historia entrerriana y argentina. La ceremonia se realizó en el kilómetro 141 de la Autovía Artigas, donde un monolito recuerda el lugar de nacimiento del Organizador de la Nación.

Lorenzo Gatter, alumno de quinto grado de la Escuela N° 102 “Paula Albarracín de Sarmiento”, fue el primero en tomar la palabra. Desde la mirada de un estudiante, vinculó la figura de Urquiza con uno de los aspectos centrales de su legado: la educación.

A continuación, el presidente del Centro Cultural Urquiza, Fernando Martínez Uncal, propuso ampliar la mirada y vincular el aniversario del nacimiento del prócer con otros dos acontecimientos centrales para la historia local: el 175° aniversario del Pronunciamiento del 1° de Mayo de 1851 y los 200 años de la elevación de Concepción del Uruguay al rango de ciudad.

El cierre de las palabras alusivas estuvo a cargo del presidente municipal de Concepción del Uruguay, José Eduardo Lauritto, quien puso el acento en el valor de recuperar y mantener el lugar donde nació Urquiza.

Como parte de la ceremonia se entregaron banderas históricas de la provincia de Entre Ríos tal como las utilizadas por Urquiza en la gloriosa jornada del 3 de febrero de 1852 en Caseros. Se trata de la bandera creada por el gobernador Pascual Echagüe en 1833. Los pabellones fueron destinados al Colegio del Uruguay, su Asociación de Exalumnos y al Centro Cultural Urquiza.

A continuación, se transcribe la alocución íntegra que expuso el presidente del Centro Cultural Urquiza, Fernando Martínez Uncal: 

“Hay fechas que nos invitan a recordar. Y hay fechas que, además, nos obligan a reflexionar sobre quiénes somos, de dónde venimos y cómo nos vemos de cara en el futuro más próximo.

Hoy, Concepción del Uruguay reúne tres acontecimientos que, aunque separados por el tiempo, están profundamente unidos por un mismo hilo conductor: la construcción de la Argentina como nación organizada, constitucional y federal.

Celebramos los 225 años del nacimiento del general Justo José de Urquiza; los 175 años del Pronunciamiento del 1.º de mayo de 1851, cuando Entre Ríos aceptó la renuncia de Juan Manuel de Rosas al manejo de las relaciones exteriores; y los 200 años de la elevación de Concepción del Uruguay al rango de ciudad.

Tres aniversarios que no son hechos aislados. Son capítulos de una misma historia. Una historia en la que nuestra ciudad y nuestra provincia ocuparon un lugar protagónico en la construcción de la República Argentina.

Nacido el 18 de octubre de 1801 en tierras entrerrianas, Justo José de Urquiza fue mucho más que un militar y un dirigente político. Fue un hombre de acción que comprendió que la independencia alcanzada en 1816 no estaría plenamente realizada mientras la Argentina careciera de una organización institucional estable, de una Constitución aceptada por las provincias y de reglas capaces de ordenar la convivencia nacional.

La independencia nos había dado la libertad de decidir nuestro destino. Pero faltaba construir las instituciones que hicieran posible ejercer esa libertad dentro de un país unido.

Y esa tarea exigía coraje, visión política y una enorme capacidad para comprender que ninguna provincia, ningún dirigente y ninguna ciudad podían construir por sí solos el futuro de la Nación.

Urquiza entendió que la Argentina necesitaba superar las disputas que la dividían, organizar sus instituciones y reconocer que el federalismo no podía ser solamente una consigna: debía convertirse en una realidad política.

En ese camino se comenzó a inscribir el Pronunciamiento del 1.º de mayo de 1851, ocurrido aquí, en Concepción del Uruguay.

En esta misma ciudad, Urquiza tomó una decisión que modificó el curso de la historia. Como gobernador de Entre Ríos, aceptó la renuncia que Rosas presentaba periódicamente a la conducción de las relaciones exteriores de la Confederación y dispuso que la provincia reasumiera las facultades soberanas que había delegado.

Aquel acto significó mucho más que una ruptura política. Fue la expresión pública de una voluntad: la de poner en marcha un proceso que condujera a la organización constitucional definitiva del país.

No era una empresa sencilla. Implicaba enfrentar intereses consolidados, asumir riesgos y abrir un camino cuyo resultado todavía estaba por construirse.

Pero la historia no se transforma solamente con declaraciones de principios. Se transforma cuando alguien está dispuesto a convertirlos en decisiones concretas.

Después llegaron la batalla de Caseros, el Acuerdo de San Nicolás y el Congreso Constituyente de Santa Fe. Finalmente, el 1.º de mayo de 1853, se sancionó la Constitución Nacional, y Urquiza, como primer presidente constitucional de la Confederación Argentina, asumió la responsabilidad de conducir una nueva etapa institucional.

La Constitución fue, y continúa siendo, mucho más que un documento jurídico. Es el pacto fundamental que establece cómo nos organizamos, cuáles son los límites del poder, qué derechos corresponden a los ciudadanos y qué obligaciones compartimos como integrantes de una misma Nación.

Su sanción representó la decisión de reemplazar la imposición por la ley, las disputas permanentes por instituciones y la incertidumbre por un orden constitucional.

Por eso, recordar a Urquiza no significa solamente rendir homenaje a un personaje de nuestro pasado. Significa reconocer la importancia de una obra política que permitió avanzar hacia una Argentina organizada sobre bases constitucionales.

Su legado también se expresa en la educación, en el desarrollo económico, en la administración pública y en la convicción de que el progreso de una sociedad depende de las oportunidades que sea capaz de ofrecer a sus habitantes.

La creación del Colegio del Uruguay, inaugurado en 1849, constituye uno de los ejemplos más significativos de esa visión. Apostar a la educación era apostar a la formación de ciudadanos, a la preparación de dirigentes y a la posibilidad de que el conocimiento dejara de ser privilegio de unos pocos.

Urquiza comprendió que no podía construirse una Nación moderna sin educación, sin trabajo, sin producción y sin instituciones capaces de sostener el desarrollo.

Esa concepción integral del progreso es una de las razones por las que su figura permanece ligada a la identidad entrerriana y a la historia argentina.

Y es precisamente aquí donde el tercer aniversario adquiere todo su significado.

Hace 200 años, Concepción del Uruguay alcanzaba el rango de ciudad. En 1826, cuando Urquiza impulsó esa declaración desde su actuación como diputado provincial, comenzaba también a consolidarse institucionalmente una comunidad que tendría un protagonismo extraordinario en la vida política, educativa y cultural del país.

Siendo presidente de la Legislatura, con solo 25 años de edad, las iniciativas que tuvo como legislador prefigurarían al estadista que luego fue como gobernador, en varias oportunidades y como primer Presidente de la Confederación Argentina, una vez organizado constitucionalmente el país. Entre ellas la citada elevación de villa a nuestra querida Concepción del Uruguay.

Nuestra ciudad no fue una espectadora de la historia argentina. Fue escenario de decisiones trascendentes, espacio de formación de generaciones y protagonista de acontecimientos que contribuyeron a definir el rumbo nacional.

Esta plaza, que conserva la memoria del Pronunciamiento, nos recuerda que desde una ciudad del interior, lejos de los grandes centros de poder, fue posible impulsar una transformación que alcanzó a toda la República.

Y esa es una enseñanza que mantiene plena vigencia.

El lugar donde vivimos no determina la dimensión de nuestras ideas ni limita la importancia de nuestras acciones. Las comunidades del interior tienen historia, identidad, capacidad creadora y un enorme potencial para contribuir al desarrollo nacional.

Concepción del Uruguay tiene razones para sentirse orgullosa de su pasado. Pero el orgullo verdadero no consiste únicamente en recordar las glorias de otros tiempos. Consiste en transformar esa herencia en una responsabilidad para el presente.

Volviendo al primero de los acontecimientos que hoy celebramos, el nacimiento de Justo José de Urquiza ocurrido hace 225 años en el paraje conocido entonces como el Talar del Arroyo Largo, que primero se llamó José Justo, y luego se trastocó por Justo José, donde aprendió todos los rudimentos de la vida campestre, transformándose a corta edad en un excelente jinete.

Fue en estos parajes, sin duda que Justo José aprendió a amar a estas tierras entrerrianas, a su gente, y a sentir el verdadero valor de la libertad. Pero también comprendió, en todos aquellos años de formación donde se sucedieron las guerras de la independencia primero, y luego las luchas fratricidas, que mantener la libertad sólo podía hacerse en el marco de una organización constitucional. Gozar de la libertad no podía hacerse de otra manera que sometiéndose a la ley.

Al inaugurarse este monumento hace casi 90 años, más precisamente el 17 de octubre de 1937, entre los oradores que tomaron la palabra, le tocó al poeta Delio Panizza recitar una poesía de su autoría.

Finalizo estas palabras con un fragmento de ese poema, que nos sirva de inspiración para el futuro en las tres fechas que hoy conmemoramos, los 225 años del nacimiento de Urquiza, a 175 años del Pronunciamiento y a 200 años de nuestra declaración como ciudad.

Porque honrar a Urquiza es honrar la organización nacional. Honrar la Constitución es defender las reglas que nos permiten vivir juntos. Y honrar los 200 años de nuestra ciudad es renovar el compromiso de trabajar por una comunidad mejor y por una Argentina más unida, más justa y verdaderamente federal.

El fragmento del poema dice, así:

Por eso en el Talar convulsionado,

Signo o anuncio de mejores ansias,

Tiene el arroyo una canción más noble

Y da un nuevo canto las calandrias.

 

Justo José de Urquiza ha nacido

En las selvas entrerrianas

Para emprender el pueblo su epopeya

Para ensayar su libertad la Patria.

Muchas gracias”.

domingo, 18 de octubre de 2026

A 225 AÑOS DE SU NACIMIENTO RECORDARON A JUSTO JOSÉ DE URQUIZA


Tuvo lugar el pasado viernes 17 en el Salón “Alejo Peyret” del Colegio del Uruguay un concierto de la Orquesta Escuela “Río de los Pájaros”, a modo de homenaje a Justo José de Urquiza, al cumplirse el 18 de octubre 225 años de su nacimiento.  

El evento, organizado por el Centro Cultural “Justo José de Urquiza” y la Asociación de Ex Alumnos del Colegio del Uruguay, contó con una nutrida concurrencia que disfrutó de una magnífica velada musical.  

Tras las palabras de bienvenida a cargo del licenciado Hugo Barreto en nombre de las entidades organizadoras se desarrolló la primera parte del concierto, que incluyó el Himno al Colegio del Uruguay y el Himno a Urquiza. La segunda parte consistió en la interpretación de obras de Astor Piazzolla y Carlos Gardel.

Desde su creación en 2011 la Orquesta Escuela “Río de los Pájaros”, bajo la dirección de Gastón Pletti, se ha consolidado como un espacio de formación musical y desarrollo artístico para niños y jóvenes, promoviendo la inclusión y la excelencia musical. Sus integrantes se han presentado en escenarios de relevancia como el Palacio Libertad, el Teatro Coliseo y el Teatro Colón de la ciudad de Buenos Aires, así como en escenarios de México y Brasil. La Orquesta integra el Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles de Argentina.   

Las instituciones convocantes agradecen a quienes colaboraron en la organización y al numeroso público que acompañó el concierto.    

domingo, 4 de octubre de 2026

LOS PUENTES INCONCLUSOS

Por José Antonio Artusi

El pasado 11 de septiembre Jorge Enrique Martí - “el poeta de la entrerrianidad”, tal como lo recordó Adriana Ortea – habría cumplido cien años. Cinco días más tarde se cumplieron cincuenta años de la inauguración del Puente San Martín, entre Puerto Unzué y Fray Bentos. El año pasado había cumplido medio siglo el puente Artigas, que une a Colón y Paysandú. Jorge Enrique Martí estuvo entre los promotores de la concreción de esa obra, y fue un ferviente defensor de la integración regional y el hermanamiento efectivo de nuestros pueblos.

En un magnífico reportaje que le hizo Andrew Graham-Yoll publicado en Página 12 el 16 de abril de 2007, en pleno conflicto por la instalación de una planta de celulosa en Fray Bentos, y ante el corte de los puentes como mecanismo de protesta, Jorge Enrique Martí expresó con contundencia:  “Yo no puedo aceptar bajo ningún concepto que se corte una ruta ni acá ni en ningún lado, y no porque la Constitución y las leyes sean claras al respecto, sino porque si me da la gana de ir por qué diablos me lo van a impedir. Ahora no puedo ir a Paysandú a visitar a mi viejo amigo, el poeta Aníbal Sampayo, que está enfermito, porque están condicionados los horarios. A tal hora sí y a tal hora no. ¿Qué es eso y por qué es así? ¿Cómo me van a cortar el derecho que tengo de ir a Paysandú cuando me plazca? ¿Para qué trabajé tanto por ese puente? Me he ocupado del río Uruguay toda mi vida. No sólo lo he cantado en mis libros, sino que lo he vivido intensamente y conozco todos los problemas que tiene desde hace mucho tiempo y sin que al parecer le hayan preocupado a los preocupados de ahora”.  

El río Uruguay nunca fue, para quienes habitan sus costas, un límite geopolítico ni un abismo infranqueable. Fue, por el contrario, la gran arteria por donde circuló la cultura compartida y la hermandad de dos pueblos que se reconocen en la misma matriz histórica. Sin embargo, a pesar de los avances materiales del siglo pasado, quienes habitamos la región observamos cómo las burocracias persisten en levantar murallas. Urge proclamar la necesidad del libre tránsito fronterizo y el pleno libre comercio entre la Argentina y el Uruguay, derrumbando de una vez las restricciones y los controles estériles que solo sirven para empobrecer a nuestros ciudadanos.

Cincuenta años han transcurrido desde que los puentes fueron habilitados. Medio siglo después tenemos un régimen que los subutiliza. Un puente puede unir dos orillas y, sin embargo, subsistir entre ellas una frontera económica, burocrática y mental. Podemos tener magníficas obras de ingeniería y, al mismo tiempo, conservar obstáculos que dificulten el tránsito de las personas, encarezcan el intercambio de mercaderías y desalienten las relaciones comerciales, laborales, culturales y familiares que naturalmente deberían desarrollarse.

La frontera internacional existe. Argentina y Uruguay son dos Estados soberanos y es razonable que tengan sus propias leyes, autoridades, controles y responsabilidades. Pero una frontera política no debería convertirse en una barrera artificial contra la vida económica y social de pueblos que la historia, la geografía y la cultura han unido mucho antes de que los Estados modernos trazaran sus límites.

Cuando un entrerriano compra un producto uruguayo porque lo considera conveniente, y viceversa, ambos ganan. El comprador obtiene algo que valora más que el dinero que entrega; el vendedor obtiene algo que valora más que la mercadería que entrega. No hay un vencedor y un vencido. Hay un intercambio voluntario del que las dos partes se benefician mutuamente. Esto, que parece tan elemental, ha sido oscurecido demasiadas veces por la idea de que las fronteras económicas “protegen” a los pueblos.

El proteccionismo y las restricciones al comercio han sido históricamente la muleta de los mercantilismos burocráticos y los grupos de presión que usurpan el bienestar de la gente común bajo el pretexto del "resguardo nacional".

Cuando se limita el intercambio comercial entre Colón y Paysandú, o entre Concordia y Salto, o entre Gualeguaychú y Fray Bentos, lo que se cercena es la libertad de las personas de adquirir bienes y servicios al mejor precio y la capacidad de las pymes y productores de ampliar sus mercados. La libertad de comercio dinamiza el trabajo e incentiva la competencia productiva, que a su vez acarrea aumentos de productividad y eficiencia.

El eminente economista y periodista norteamericano Henry George advirtió magistralmente en su obra “Proteccionismo o Libre Comercio” que "el libre comercio no significa otra cosa que la libertad. Significa que los hombres deben tener el derecho inviolable de cambiar el fruto de su trabajo por el fruto del trabajo de otros, sin que el Estado se interponga para cobrarles un tributo por el solo hecho de cruzar una línea imaginaria en el mapa." Una línea imaginaria en el río Uruguay, podríamos decir nosotros.

Henry George desmontó la falacia proteccionista demostrando que lo que destruye la riqueza de una nación en tiempos de paz mediante barreras aduaneras no difiere estructuralmente de lo que lograría un bloqueo naval enemigo en tiempos de guerra. Imponer aduanas en los puentes del río Uruguay equivale a autoimponernos un bloqueo comercial que empobrece a toda la región. Para George, el proteccionismo no era una defensa neutral del interés general, sino una forma de imponer costos a unos para beneficiar determinados intereses.

El poeta e historiador cordobés Arturo Capdevila exaltó la hermandad de los pueblos hispanoamericanos y la absurda artificialidad de las fronteras económicas internas. En sus encendidos escritos sobre la refundación continental y la unidad iberoamericana, Capdevila clamaba con vehemencia: "Nuestras fronteras no fueron trazadas para dividir a los hermanos, sino para señalar los ámbitos de una misma libertad. Las aduanas interiores y los aranceles aduaneros sobre la carne y el pan común son la victoria del prejuicio sobre la razón, la mezquindad estatal oprimiendo el destino indisoluble de nuestra América." Evocando el sueño de Rivadavia, Capdevila describía un Estado sostenido por la renta del suelo, sin castigar el trabajo con gabelas y con aduanas, “esos fosos de castillo sin ley”.

Para comprender el impacto transformador de la supresión de barreras, basta con posar la mirada en el continente europeo. Durante siglos, la frontera francoalemana fue escenario de conflictos sangrientos. Sin embargo, mediante la implementación del Mercado Único y el espacio Schengen, Europa comprendió que la paz duradera y la prosperidad se erigen sobre la libre circulación de personas, bienes, servicios y capitales.

Hoy en día, un ciudadano europeo cruza de Alemania a Francia o de España a Portugal con la misma naturalidad con la que se transita entre dos municipios de una misma provincia. Esta fluidez transformó regiones históricamente deprimidas en vibrantes polos de desarrollo transfronterizo, donde la oferta laboral, la salud, la educación y el comercio se integran armónicamente.

Si las naciones europeas —que hablaban lenguas distintas y venían de destruirse mutuamente en dos guerras mundiales— lograron derribar sus garitas para erigir la zona de comercio e intercambio más próspera del planeta, ¿qué nos impide a nosotros, que compartimos tantas cosas hacer exactamente lo mismo?

Es hora de abandonar la retórica hueca de la "integración regional" que llena los discursos diplomáticos, pero se desvanece al llegar al puesto de control del puente. La verdadera integración no se logra con cumbres de mandatarios ni con tratados burocráticos inoperantes; se logra eliminando las trabas administrativas y permitiendo que la gente comercie, trabaje, estudie y viva con absoluta plenitud a ambos lados de la frontera.

 

Publicado en el diario La Calle el 4 de octubre de 2026.


viernes, 25 de septiembre de 2026

Construcciones escolares históricas en Entre Ríos

 

Por Carlos Rogelio  Canavessi *

Nota de la redacción: reproducimos un artículo del arquitecto Carlos Rogelio Canavessi, publicado en la Revista Summa en 1981. Agradecemos al autor por facilitar el material y autorizar su publicación.   

* Arquitecto. Egresado de la Universidad Nacional del Litoral. Se desempeña como docente en la Universidad Tecnológica de Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Ha cursado estudios especializados en preservación del patrimonio arquitectónico nacional. Es delegado por la provincia de Entre Ríos de la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos y miembro del Instituto Argentino de Investigaciones en Historia de la Arquitectura y el Urbanismo.

La provincia de Entre Ríos no cuenta, en su territorio, con una presencia significativa de "arquitectura maderera", como ocurre quizás en otras provincias argentinas. Las numerosas y variadas corrientes colonizadoras que arribaron a esta provincia, a partir del último tercio del siglo XIX, tampoco se caracterizaron por la realización de arquitecturas de madera, ya sea por la falta de materia prima adecuada en la zona, o por no contar originalmente con una tradición en tal sentido.

Por lo tanto, es llamativo el hecho de que aún hoy, en varias zonas rurales de Entre Ríos se encuentre funcionando y cumpliendo cabalmente sus fines, una serie de edificios escolares íntegramente construidos con madera, algunos de ellos próximos a cumplir setenta y cinco años de labor ininterrumpida.

El origen de estas construcciones lo encontramos hacia principios del presente siglo, cuando sucesivos gobiernos provinciales otorgaron prioritaria atención al tema de la instrucción pública y, especialmente, a la enseñanza en zonas rurales. Uno de los problemas más acuciantes que debieron afrontar entonces, era el derivado del constante aumento del número de escuelas y la falta de edificios propios.

A partir de 1904, en medio de una gran prosperidad económico-financiera, la provincia decidió encarar de lleno dicho problema. Así, por ejemplo, entre 1904 y 1914 se construyeron ciento un nuevos edificios escolares, entre los que se contaron setenta y cuatro para escuelas rurales, incluyendo dos escuelas flotantes destinadas a las zonas de islas del sur de la provincia.

Del total de nuevos edificios construidos en zonas rurales, merecen destacarse cincuenta escuelas de madera, las que se completaron en un lapso de tres o cuatro años, y varias de las cuales aún hoy continúan prestando servicios.

Una ley provincial de 1908, autorizaba al Poder Ejecutivo provincial a "la emisión de bonos de edificación escolar" por un millón de pesos, para la construcción en diversos departamentos provinciales, de locales para "5 escuelas superiores, 21 elementales y 85 rurales". En 1910 dicha emisión se amplió en otro millón de pesos y de inmediato se encaró la ejecución de las obras.

La construcción de los edificios de mampostería, para escuelas superiores y elementales, se realizó mediante licitación pública. En cuanto a las cincuenta escuelas de madera, se contrató a la firma A. Perasso y Cía., de la ciudad de Posadas (Misiones). El primero de estos establecimientos se levantó en 1911, a un costo de $9.846,96 y se encontraba en la zona rural de Paraná, bajo el nombre de Escuela Elemental con Anexos Agropecuarios "Adolfo Alsina".

El total de los cincuenta edificios fue distribuido en todo el territorio provincial, en sus distintos departamentos. No contamos con un detalle exacto sobre qué cantidad continúa prestando servicios, pero como ejemplo digamos que en el Departamento Uruguay, cuya cabecera es Concepción del Uruguay, existen tres de estas escuelas en funcionamiento mientras que otras dos fueron recientemente reemplazadas.

El partido, según el proyecto original de A. Perasso y Cía., comprende, básicamente, dos tipos de casas de madera uno para el funcionamiento de la Escuela propiamente dicha, contando con do aulas, y otro para servir de vivienda al maestro-director, con tres habitaciones. Los núcleos de servicios húmedos (baño y cocina) se ubican aparte de estas construcciones. En algunos casos, se construyeron ambos cuerpos ubicados a distancia conveniente uno del otro, formando un conjunto. En otros, solo se instaló el núcleo correspondiente a las aulas.

De acuerdo con el "tipo" de los edificios, podemos afirmar que estamos en presencia de una arquitectura que responde a las características formales propias del área guaranítica, de la cual proviene. Esto se manifiesta claramente en la galería perimetral que rodea a los espacios cerrados, creando una zona de transición interior-exterior, constituyendo una acertada solución para el medio rural en que se implanta.

Desde el punto de vista técnico, podemos decir que se trata de un sistema de "montaje en seco", resuelto íntegramente de madera, salvo la cubierta de techos que desde su origen fue de chapas de cinc onduladas. La estructura portante está compuesta por piezas de madera dura de 6" x 6". En la galería trabajan como pies derechos, coronados por pequeñas zapatas, también de madera. Los tabiques que delimitan los espacios interiores están formados por un bastidor estructural, con tirantes de 6" x 6", cuyos vanos están cerrados con paneles de tablas de 1" x 4" colocados "a eje" de las piezas portantes, o bien reciben las aberturas (puertas y ventanas). Todas las ensambladuras son a caja y espiga, entarugadas, o bien a media madera.

Los pisos originales eran de tablas de madera, sobreelevados con respecto del terreno natural, aunque en algunos casos se hicieron directamente de mosaicos calcáreos sobre contrapiso de hormigón pobre. Los cielorrasos, tanto en las galerías como en los interiores de los locales, son de madera machimbrada, de 1" x 4".

Los techos se resuelven a cuatro aguas ('cola de pato'), con tirantería de madera y cubierta de chapas de zinc onduladas. Los desagües pluviales originales eran "a libre escurrimiento". Una cenefa conformada por piezas de madera calada recorre perimetralmente los edificios, y sobre la cumbrera del techo, como único elemento ornamental, se destacaba una crestería metálica rematada en los extremos por sendos pináculos. Obviamente, en su origen no contaban con instalaciones eléctricas.

Todo el sistema era de excelente calidad, de muy buena factura en la ejecución, y cuidados detalles de terminación, lo que puede apreciarse aún hoy.

De los edificios que continúan funcionando, presentamos hoy dos ejemplos: la Escuela N° 11, "18 de octubre", ubicada sobre el camino que lleva al Palacio San José, y la Escuela N° 18, "José de Urquiza", de 5° Ensanche de Mayo, Departamento Uruguay.

En el primer caso, se trata de una pequeña escuela que cuenta con el cuerpo principal solamente. El estado de mantenimiento es bueno en general, aunque se ha reemplazado el piso original y ha tenido que construirse un zócalo interior de mampostería de ladrillos, seguramente por el deterioro de la madera en la zona más expuesta a la humedad.

En el segundo caso se trata de un conjunto completo, es decir, escuela y vivienda, el que fue inaugurado el 20 de julio de 1913. También aquí el estado de mantenimiento es bueno, habiéndose cambiado algunos cielorrasos interiores y agregado canaletas de desagües pluviales en los techos. La vivienda del maestro ha "crecido" a través del tiempo, haciéndose agregados sobre la galería perimetral original.

Cabe destacar que la bondad del sistema hace que las tareas de mantenimiento sean sencillas, y casi siempre encaradas por las cooperadoras de las escuelas, y la ayuda de los pobladores de sus zonas de influencia.

Creemos que este conjunto de edificios constituye hoy una de las pocas construcciones de madera que perviven en la provincia, al menos de origen oficial, y sería deseable esperar medidas tendientes a su preservación integral, dado que son testimonio de una acertada solución a un problema complejo, recurriendo a técnicas constructivas no tradicionales. Por otra parte, la valoración que de ellos hacen sus usuarios y las comunidades rurales a las cuales sirven de varias formas, y los valores intrínsecos que poseen, hacen que estas escuelas sean ya parte del patrimonio histórico arquitectónico de la provincia de Entre Ríos.

 

 

Artículo publicado originalmente en la revista Summa, Colección Temática “La madera, una tradición perdurable”, 2/1985.Buenos Aires.  

lunes, 21 de septiembre de 2026

LA BRECHA DE PORTA PÍA Y LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN DEL PENSAMIENTO

Por José Antonio Artusi

Hace 156 años, el 20 de septiembre de 1870, los cañones del general Raffaele Cadorna abrieron un boquete en la muralla Aureliana, cerca de la Porta Pía, en Roma. Por ahí entraron los bersaglieri del ejército del recién nacido Reino de Italia, y con ellos terminó el poder temporal de los papas en Italia. Roma —la Roma de los Estados Pontificios, la de los tribunales eclesiásticos y el índice de libros prohibidos— dejaba de ser una teocracia para convertirse en capital de un Estado laico. De ahí viene que esta fecha se conmemora en algunos lugares del mundo como el Día de la Libertad de Expresión del Pensamiento.

Aquella acción militar, que consumó la unificación italiana y puso fin al poder temporal de los Estados Pontificios, trascendió las fronteras del mapa europeo para convertirse en una encrucijada conceptual de la modernidad. No se trató meramente de una disputa territorial ni de un alineamiento de fronteras geopolíticas: fue la victoria simbólica del Estado laico, de la tolerancia plural y de la autonomía del individuo frente al absolutismo dogmático.

Lo que se derrumbó aquella mañana en la muralla Aureliana no fue solamente un régimen político particular, sino una cierta manera de entender la relación entre la autoridad y la verdad: la idea de que existe un poder con derecho a fijar lo que se puede pensar, decir e imprimir. Contra esa pretensión, que reaparece bajo disfraces nuevos en cada generación, se erige el 20 de septiembre como fecha simbólica de la razón emancipada del dogma. No hace falta ser anticlerical —yo no lo soy— para reconocer que aquella Brecha significó, en los hechos, la ampliación del espacio de la conciencia individual frente a cualquier autoridad que pretenda monopolizar la verdad.

Conviene no confundir esta celebración con otras efemérides. No se trata del Día Mundial de la Libertad de Prensa impulsado por las Naciones Unidas y la UNESCO (que se recuerda el 3 de mayo, en memoria de la Declaración de Windhoek), sino de una conmemoración de raíz laica y liberal, vinculada al librepensamiento y a la tradición republicana que separa Iglesia y Estado. Su sentido original es político-filosófico: reafirmar que nadie debe ser hostigado por lo que piensa, dice o escribe, y que la diversidad de opiniones es condición de una sociedad abierta.

La libertad de expresión no es una concesión graciosa del poder ni un privilegio otorgado por las mayorías circunstanciales. Es un derecho humano fundamental, anterior y superior al Estado mismo, indisociable de la dignidad de la persona. Presupone la facultad indeclinable de dudar, de discrepar, de investigar y de difundir información e ideas sin persecuciones ni cortapisas de ningún tipo.

No es casual que la generación argentina que catorce años más tarde sancionó la ley 1420 de educación común, y más tarde el Registro Civil y el matrimonio civil, bebiera de fuentes muy parecidas a las que alimentaron a los bersaglieri que entraron por Porta Pía. Aquella dirigencia liberal y progresista del ochenta entendía la secularización del Estado no como una cruzada contra la fe de nadie, sino como la condición de posibilidad de la libertad de todos: solo un Estado que no impone una ortodoxia puede garantizar que cada cual profese la suya, o ninguna, sin quedar por ello sometido a alguna forma de discriminación que vulnere la igualdad.

La libertad de pensamiento no consiste solamente en el derecho a expresar aquello que pensamos. Es algo bastante más profundo: es el derecho a pensar. A dudar. A preguntar. A cambiar de opinión. A buscar argumentos. A equivocarnos. A escuchar al adversario. A revisar nuestras propias convicciones. Y, sobre todo, a no aceptar como verdad obligatoria aquello que una autoridad, cualquiera sea, pretende imponer como tal.

La civilización moderna no nació de la unanimidad. Nació, en buena medida, de la rebelión contra ella. El progreso humano ha sido posible porque hubo hombres y mujeres que se atrevieron a formular preguntas incómodas, a desafiar dogmas, a discutir tradiciones, a cuestionar privilegios y a sostener opiniones que en su tiempo eran consideradas absurdas, peligrosas o incluso heréticas. John Stuart Mill argumentó que una sociedad que silencia una opinión no solamente perjudica a quien la sostiene: se perjudica a sí misma, porque pierde la posibilidad de contrastar sus propias certezas.

De allí que la libertad de expresión no sea un adorno de las democracias republicanas. Es una de sus condiciones de existencia. La Declaración Universal de los Derechos Humanos lo expresó con admirable claridad en su artículo 19: toda persona tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión, incluyendo el derecho a buscar, recibir y difundir informaciones e ideas por cualquier medio.

Y tampoco se trata de un derecho aislado. La libertad de pensamiento está íntimamente relacionada con la libertad de conciencia, la libertad de culto, la libertad de prensa, el derecho de reunión, el acceso a la información y, en definitiva, con la posibilidad efectiva de participar en una sociedad democrática.

Sin embargo, a más de siglo y medio de la gesta de la Porta Pía, las amenazas a la libertad de expresión del pensamiento no se han disipado; simplemente han mutado de ropaje. Las antiguas censuras de imprenta, los edictos absolutistas y los dogmas inapelables han dado paso a desafíos contemporáneos tanto o más sofisticados y perniciosos.

Aquí es donde la conmemoración de hoy deja de ser un capítulo de historia europea del siglo XIX para volverse asunto nuestro y contemporáneo. Porque el dogmatismo no necesita demasiadas condiciones para reproducirse. Cambia de vestuario y de lenguaje con una facilidad asombrosa, y hoy se presenta con frecuencia disfrazado de virtud progresista, de corrección política, de relativismo cultural, de sensibilidad ofendida que exige silencio o tolerancia a la desvirtuación de la universalidad de los derechos humanos en nombre de la paz social. La libertad de expresión del pensamiento no muere solamente por decreto; muere también, y quizás sobre todo hoy, por el cansancio de quien prefiere callar antes que arriesgarse al escrache o la cancelación.

¿En cuántos países en pleno siglo XXI la libertad de expresión del pensamiento y la libertad de culto están formal o realmente amenazadas o vulneradas en nombre de fundamentalismos y absolutismos, ya sea de raíz religiosa o ideológica? Más allá de la cantidad exacta, son demasiados.

La libertad de expresión del pensamiento no es un derecho adquirido de una vez y guardado en la Constitución como una reliquia; es un músculo que se atrofia si no se ejercita, y que se ejercita, precisamente, discutiendo con quien piensa distinto, y no solamente celebrando entre iguales lo bien que pensamos todos nosotros.

Pero tampoco existe libertad auténtica cuando solamente unos pocos tienen las herramientas para hacer uso de ella. Un ciudadano sometido a la ignorancia, a la pobreza extrema o a la dependencia clientelar difícilmente pueda ejercer plenamente sus derechos, entre ellos el de expresar su pensamiento. La libertad requiere condiciones materiales, y también requiere instituciones que la protejan y que garanticen la igualdad de oportunidades. No hay contradicción entre ambas dimensiones. Al contrario: se necesitan mutuamente.

La libertad de pensamiento, como toda libertad verdadera, no se decreta ni se conquista de una vez: se practica, se defiende y, sobre todo, se ejerce con la conciencia permanente de que el que piensa distinto tiene el mismo derecho que nosotros, y que debemos ser los primeros en defenderlo. 

 

Publicado en el diario La Calle el 20 de septiembre de 2026.

domingo, 20 de septiembre de 2026

El verdadero sentido de la educación laica y el legado de la Generación del 80

Por Fabián Parlatto

A propósito de las reflexiones que circulan cada 17 de septiembre sobre la figura de José Manuel de Estrada y el Día del Profesor, se vuelve imperioso proponer un debate histórico, político y académico que discuta la narrativa del "martirio" y ponga las cosas en su justo lugar.

La historia de la educación argentina no puede ser leída bajo el prisma de un victimismo que confunde deliberadamente la defensa del orden constitucional con la intolerancia religiosa.

La destitución de Estrada de sus cátedras en 1884, bajo la presidencia de Julio Argentino Roca, no fue un acto de despotismo arbitrario, sino una medida de legítima defensa republicana.

Un Estado soberano no puede financiar, sostener ni legitimar en sus universidades oficiales a funcionarios públicos que utilicen sus tribunas para boicotear las leyes de la Nación.

Estrada no fue perseguido por sus ideas católicas en el ámbito privado; fue removido por militar activamente, desde las instituciones del propio Estado, en contra de la Ley 1420 de Educación Común, Laica, Gratuita y Obligatoria, la piedra angular del progreso social argentino.

La Generación del 80 comprendió con lucidez histórica que la construcción de una república moderna exigía la emancipación de la sociedad civil de la tutela clerical.

Los inmensos avances de aquella época —la creación del Registro Civil, el Matrimonio Civil y la escuela pública universal— no buscaron suprimir la fe de los ciudadanos, sino quebrar el monopolio dogmático de una institución que pretendía subordinar la soberanía nacional al dictado de Roma.

La laicización estatal fue el triunfo de la ciencia, la razón y el pluralismo sobre el oscurantismo integrista.

Resulta una contradicción flagrante apelar a la "libertad de enseñanza" para justificar la postura de Estrada. La doctrina clerical que él defendía con vehemencia históricamente persiguió el libre pensamiento, censuró la investigación científica y pretendió segregar a quienes no comulgaban con su credo. Pretender introducir la enseñanza religiosa católica en las escuelas públicas no es un acto de libertad; es un acto de coerción dogmática e imposición ideológica sobre infancias que tienen derecho a una educación científica, universal e igualitaria.

La célebre frase de Estrada sobre las "astillas de las cátedras destrozadas por el despotismo" debe ser reinterpretada con rigor sociopolítico.

Lo que el proyecto liberal y laicista del siglo XIX destrozó no fue el derecho a educar, sino el privilegio corporativo de adoctrinar.

Las tribunas de la escuela pública argentina se fundaron para enseñar la ciudadanía democrática, no para perpetuar el sesgo de una sola fe.

En pleno siglo XXI, esta disputa sigue cobrando una vigencia dramática. La defensa de la educación pública y gratuita no es un asunto del pasado; es la trinchera actual contra los intentos de mercantilizar el conocimiento o de resucitar dogmas para fragmentar a la sociedad.

La laicidad es, hoy más que nunca, la única garantía de que el aula pública sea un espacio de resistencia, diversidad e inclusión frente a los nuevos y viejos fundamentalismos.

Ya lo advertía con crudeza Domingo Faustino Sarmiento al combatir la injerencia eclesiástica en el pensamiento nacional:

"La instrucción pública no es un beneficio que se deba a los pueblos, sino una obligación del Estado... [y si la teología la absorbe] el clero no enseña para formar ciudadanos, enseña para formar creyentes obsecuentes y subordinar el poder civil a la autoridad eclesiástica".

Esa misma antorcha laicista y democrática fue la que empuñaron los jóvenes de la Reforma Universitaria de 1918. En el histórico Manifiesto Liminar redactado por Deodoro Roca, los estudiantes plasmaron un quiebre definitivo contra el orden que Estrada defendía, exclamando con fuerza universal:

"Hombres de una república libre, acabamos de romper la última cadena que en pleno siglo XX nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica... Los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan".

Homenajear el Día del Profesor implica reivindicar la laicidad como la garantía máxima de la convivencia democrática. Recordamos hoy a aquellos educadores que, al amparo de la Ley 1420 y el espíritu reformista, hicieron de la escuela y la universidad pública el territorio inalienable de la igualdad; un faro soberano donde la razón, el pensamiento crítico y el conocimiento científico son las únicas guías hacia la verdadera libertad.

sábado, 19 de septiembre de 2026

JORGE ENRIQUE MARTÍ, EL POETA DE LA ENTRERRIANIDAD


Por Adriana Ortea

Conocí a Jorge -en Colón- en su última década, y Liebig fue el motivo de nuestro encuentro: la historia del pueblo, la fábrica y su gente nos convocó. Nos hicimos amigos. Compartimos almuerzos y tardes de mate -siempre junto a Marta-. También, cenas musicales de verano en el patio familiar, con hijos, nueras y algún nieto.

El amigo poeta… más allá de Liebig

Desde la partida de Jorge y Marta, me aventuré entre sus papeles, documentos y libros, para conocer así “al poeta de la entrerrianidad” que se expandió como escritor de la palabra, mucho más allá de los límites del pago chico.  El trabajo con su archivo me permitió descubrir un acervo documental que es testimonio de toda una vida a orillas del rio Uruguay… y esta exploración me permite ahora compartir con ustedes su devenir.

Del Paraná al Uruguay [1926 – 1930]                       

Martí se movió como pez en el agua en mundos diversos, de tensiones y encuentros. Abrazó a “su entre ríos” desde el río Paraná donde nació, hasta el río Uruguay desde donde voló poéticamente. El río de los pájaros tiene una presencia preponderante. Al punto, de haber soñado un “canto de amistad hermanado” con Aníbal Sampayo. Esto, quiso ser una edición de poemas y músicas dedicadas “al río que nos une… y a veces nos desune”.

En Rosario, nació en el día del maestro y fue para muchos, un poco maestro. Tiene pocos recuerdos de su casa natal, pero aquí lo vemos en algunas fotos de su padre: con su madre, en el patio, en sus primeros pasos… antes de viajar los tres en tren a BA y navegar en el Vapor de la Carrera de la empresa Mihanovich.

En Colón, lo recibió el puerto “que hoy ya no está”, pero siempre permanece el río de los pájaros. Con su madre recorrían la costanera -donde Quirós alguna vez lo saludó y lo contó en un poema. También, paseaban por el parque con el nombre del mismo Quirós. Quizás, por ello ¡fue su gran admirador!

El pueblo trabajador [1930-1955]  

El destino entrerriano era Fábrica Colón, donde su padre fue jefe de serenos, pero también de enfermería, y tiempo después, se ocupó del comedor de obreras, del guardarropa y la niñería. Su niñez se desarrolló entre la diversidad de trabajadores: desde los jefes que hablaban inglés a los peones correntinos que dominaban el guaraní. Jorge se definió como un “guri chalesero en medios populares,” entre trabajadores, obreros y obreras.

Cuando llegaron al pueblo, se inauguraba el puente sobre el Perucho. La casa de Liebig pronto se llenó de plantas gracias a la mano de su madre y su padre tuvo urracas hasta que el niño les abrió la jaula, y las dejo volar. Los padres vivieron en el pueblo hasta su jubilación, cuando se mudaron a Colón con su hijo y familia.

Jorge se movió entre la escuela Hipolito Vieytes y la biblioteca, donde retiraba libros -sobre todo novelas- p/su madre. Un mundo de juegos entre chapitas y bolitas… donde fue compañero de Zelich, Dominchin y Barreto. Vecino de los ilustres Ogan Rivadavia y amigo de los inglesitos Grace y Hunt… pero, también de los bravos correntinos, conocidos como los “Pujolines”

Tomó la comunión en el club porque aún no había capilla en el pueblo. Más grande, vino el fútbol al arco en la canchita de la canaleta y las salidas en bicicleta, pero su sitio predilecto fue el monte y el río, donde aprendió a pescar con su padre y se metió entre las islas en canoa con el sereno García. Por todo esto, el escritor Panizza lo llamó el “vate del Perucho”.

Los Martí, como todas las familias del pueblo trabajador participaron de la vida comunitaria: en el fútbol o el golf o el tenis, en cumpleaños y “juntadas” de niños y en la inauguración tardía de la capilla (1950). Jorge continuó siempre ligado a Liebig. Iba y venía mientras estudiaba. Luego, escribirá sobre las crisis económicas de la Compañía; y la familia Reobasco fue el vínculo permanente de información.                        


La casa de las tonadas [1939-1943]

Del pueblo pequeño, Martí arribó a la ciudad de Concepción del Uruguay. Allí encontró un clima distinto. Su adolescencia transcurrió en un colegio de prestigio, internado entre las “múltiples tonadas de erres arrastradas y nombres guaraníes”. En La Frater, conoció la amistad de los hermanos que no tuvo. Jorge siempre valoró cuanto le debía a esta entidad solidaria comprometida con los “jóvenes ricos de inteligencia y pobres de fortuna.”

El tiempo del colegio histórico -como lo escribirá más adelante- fue el tiempo de las serenatas, la plaza Ramírez dominguera y sus vueltas alrededor, la llamada de la campana, los paseos en chalana, ir al puerto para ver los barcos pasar, el mate compartido, el chécale celebratorio, las pitadas del 1° cigarrillo… y también, por qué no, las primeras noviecitas.

Los primeros versos surgen a escondidas y firmados con seudónimo. El archivo de Jorge conserva esos Cardos Iniciales del ’42 al ’44 manuscritos en tinta -escritos en Fábrica Colón o Concepción- sucesos cotidianos que resultan ser su inspiración nostalgiosa. En 1943, recibió su primera medalla por sus líneas en prosa y verso: La Frater pasado, presente y futuro… y desde entonces, ya se sintió escritor.

 

De Rojas a Panizza [1944-1958]:

Entre la probable medicina y la literatura puso rumbo a Buenos Aires para estudiar en Filosofía y Letras. Allí conoció al escritor Ricardo Rojas, su mentor literario y político, de quien “aprendió lo poco que sabe”. Jorge lo visitaba en su casa: “la cátedra libre de la calle Charcas”, mientras estuvo prohibido en la facultad. Tocaba el timbre y se presentaba: “Martí, de Entre Ríos” … y no hacía falta decir mucho más.

La universidad y la biblioteca de calle México le regalaron charlas de grandes escritores y su amistad (más tarde compartida en su libro Poetas). También, comenzó su militancia estudiantil con un mes en Devoto… y continuó, a pesar de las injusticas del poder y a veces, de sus propios correligionarios. Radical por herencia, no fue candidato a nada. Por entonces, comenzará a publicar sus poemas en El Orden de Colón.

Entre Rojas y Panizza se decide el rumbo de Jorge. Rojas le marcó el sentido de “argentinidad” y Panizza el de “entrerrianía” [osada y guerrera]. Con el tiempo, el poeta abrazó un concepto más amplio y profundo: la “entrerrianidad”, esa confluencia de paisajes, costumbres y su gente.

El acervo documental de Martí refleja la trascendencia de estas amistades al conservar sus libros dedicados, cartas y tarjetas… y es importante destacar que el Museo Rojas conserva 18 cartas Jorge del ’47 al ’56. Así como Rojas lo motivó a volver a Entre Ríos; Panizza lo incitó a editar sus versos: “repáselos, corríjalos y publíquelos”.

Consiguió sus primeros artículos en La Nación por gestión de Rojas. Al primero sobre el Palmar, le siguieron otros de la ciudad de Colón y Concepción, como una manera de dar a conocer las bellezas entrerrianas. Aceptó la dirección de El Orden y será clausurado por el “censor Visca”, por el sólo hecho de ser opositor. Es aquí que comienza a desprenderse de su seudónimo y publica sus primeros libros: Panambí y Al Colegio del Uruguay, compartiendo sus recuerdos fraternales.

A éstos, le siguió Fraternilia, que coincide con el 75° aniversario de La Frater cuando Ernesto Maxit le propone la vicedirección; y poco después, llega Antigua Luz, que recibirá la Faja de Honor de la Sociedad de Escritores junto a Bioy Casares y otros. Por entonces, la peña Ñanderogami se convirtió en “los domingos de empanadas locro y vino”, punto de encuentro con Florencio López, “el de la mano abierta”, y el arpa del uruguayo Aníbal Sampayo.

Para publicar Antigua Luz, Panizza recomendó la Imprenta Urquiza Cabral, donde conoció a Marta, su compañera por más de sesenta. Comenzó un proyecto con su suegro para hacer tres o cuatro libros por año y una antología de poetas fraternales [que nunca se editó]. En el marco de la Revolución Libertadora es nombrado Director de Penales: dejó su río Uruguay para reorganizar trece penales. Sin embargo, en año y medio fue un hombre a la deriva, sin trabajo, alejado de la familia … y desilusionado porque “el triunfo de la libertad y la consigna de reconstrucción no aseguró ni honestidad, ni capacidad ni vocación” …

Esta es mi casa [1960-2018]:

Colón fue el lugar elegido para formar el hogar, con Marta, cinco hijos y más tarde, se sumarían sus padres. Conociendo la casa me cuesta imaginar cómo vivían allí nueve personas… sin dudas, apretadísimos, pero con mucho amor… afecto que se derramaba entre amigos, hermanos fraternales y discípulos…. porque la puerta de casa siempre estuvo abierta!

La casa de Colón antes fue Consulado de Uruguay y vivienda de los Sanguinetti, donde recibió inundados en la creciente del ’59. Allí funcionó la imprenta familiar:  con Marta de impresora: hacemos todo/editamos Tribuna, el semanario/y también la revista así llamada… /Como aval protector de la inversión/ teníamos trabajo asegurado/y en la mitad del sueño programado/cerró Liebig y nuestra protección.

Algunas de sus publicaciones fueron: el periódico y revista Tribuna… el proyecto Tribuna Deportiva y la guía Colón, la entrerriana de paisaje millonario. También, editaron una guía de televisión para Paysandú y Concepción. Hacia 1965 hicieron un gran trabajo con las cajas de caldos de pollo para Liebig y en 1977, para el centenario, “La Frater Cantada”, con poemas de autores fraternales.

A fines de los ’50 -con Liebig en crisis- un grupo de vecinos se preocuparon por los efectos en Colón y empezaron a reunirse con el sueño de una refundación a partir del turismo. La llegada al gobierno municipal de Dominchín (vecino y amigo de Liebig) llevó a Jorge a sumarse y, en esa gestión alumbraron grandes proyectos: la balsa, las casillas, el proyecto del puente, los bungalows, el palmar, el hotel, la difusión callejera, etc.

Jorge -desde la Comisión de Cultura- fue el nexo con Luis Perlotti para el monumento a Quiros del centenario (1963). El escultor desde 1953 tenía guardado en su taller los yesos del conjunto escultórico La Protección y les presentó 2 croquis a mano alzada para su elección. En principio envió la maqueta y un medallón del Dr. Quirós (diciembre) y luego, mandó los planos de obra, para levantar la escultura frente al parque.

La década del ’70 prometía: edita en su imprenta Entre Ríos y canciones, comienza con las Opiniones de un entrerriano en la radio… y se inician las obras del puente Colón-Paysandú. Nuevamente, la gestión municipal de su amigo Roberto Girard lo motivó a integrarse como secretario de Gobierno, donde el programa prometía “el despegue de Colón”. Se inauguró el puente, pero sin público… y en lugar de Puente de la Amistad se lo denominó Artigas.

En 1975 llegó su consagración como poeta con Rapsodia Entrerriana al recibir el premio Fray Mocho, aunque el libro se publicó varios años después (por resistencia del gobierno militar). Este periodo fue muy prolífico en sus colaboraciones periodísticas: la revista Sucesos de Concepción en los domingos y diario El Sol de Concordia. También, fue muy relevante su participación radial en La Noche de Entre Ríos de Roberto Román: “porque todo el mundo se prendía a la radio y la escuchaba… aunque él no cobró un peso.”

Al regreso de la democracia cumplió su deseo de trabajar en la educación. Entró en la UNER, en Extensión Universitaria (1984) y luego fue Asesor del Rectorado (1990). Su labor se enfocó en la creación de la editorial, la imprenta y el coro; le otorgaron el Honoris Causa a Linares Cardozo y estuvo involucrado en el Grupo Montevideo; donde propiciaban el intercambio estudiantil. Continuó con el periodismo en el diario HOY, donde escribió las Opiniones de un entrerriano.

El siglo XXI, lo encontró jubilado, pero no inactivo: entre la Cantata Unión y Libertad -dedicada a Urquiza- con su hijo Polo Martí, y una prolífica producción de sonetos -reversionados o nuevos- que en mi humilde entender representan un conjunto de memorias colectivas. Si, son sus propios recuerdos… sin embargo, el verso toma la primera persona y sus poesías se revelan como memorias entrerrianas.

Jorge había pasado orgullosamente sus 90 y una simple caída -o no tanto- pensando en su altura, complicó su rutina de caminar hasta el río o su lectura de los diarios -siempre cortando y pegando- y la escritura poética manuscrita a lápiz.

Seleccioné dos descripciones en sus propias palabras, de sus últimos años. Jorge, hizo periodismo de ideas, para decir lo que había que decir. Su poesía es sencilla, para llegar a todos. No fue profesor porque había que afiliarse al peronismo, y no lo quiso hacer. Como poeta fue introvertido y como ciudadano extrovertido. Por sobre todas las cosas, y por mi propia experiencia, fue hombre generoso y abierto.

Y como fue un hombre bueno tuvo ¡un millón de amigos! Por favor, no se enojen conmigo, sino están en las imágenes… no podía incluir a todos y sin dudas, no los conozco a todos. Este mosaico de amigos son una muestra muy pequeña… pero, los verdaderos amigos saben que lo fueron y esto es lo que vale.

Tiempo de cosechas [reconocimientos]

Jorge, a partir del mandato de su maestro Rojas -y ya desde Colón- salió a recorrer su provincia y en cada rincón que pudo disertó sobre Lugones, Leguizamón y Monteavaro, Rojas; San Martín en Entre Ríos, Ramírez en la poesía, José Hernández y el Martín Fierro, Urquiza entre Sarmiento y Rosas, etc. Recitó sus poemas… y más importante aún, los músicos le pusieron guitarra… y las coplas llegaron a su pueblo.

A partir de 1970 hasta la fecha sus sonetos han sido musicalizados por artistas como los Hermanos Cuestas, por el Zurdo Martínez y Walter Heinze, por Marita Londra, Jorge Méndez, Anibal Sampayo y Carlos Aguirre, Ariel Asselborn y por supuesto, sus hijos músicos Polo y Jorge Martí, acompañados por Beti Plana… y debo estar olvidando a mas de uno.

Tras la 1° medalla de honor en el concurso estudiantil (1943), su libro Antigua Luz recibió la Faja de honor de la SADE (1954) y Rapsodia Entrerriana el Fray Mocho (1975)… y desde entonces, recibió múltiples reconocimientos a su “labor como poeta y escritor colonense”, trabajador por la cultura entrerriana.

El Cimarrón Entrerriano -a la trayectoria- le fue entregado por Roberto Romani. Recibió el Escenario de Oro en Paraná y el Camila Nievas en Gualeguaychú. La ciudad de Colón reconoció su aporte a la cultura y a la comunidad; y Villa Elisa lo nombró Prócer de la Cultura. El Senado de Entre Ríos le rindió homenaje a los “adultos notables”, los Diputados lo nombró Embajador de la Cultura y La Frater le otorgó el Honoris Causa en 2013.

Si de reconocimientos hablamos, no sólo se ha destacado su “trayectoria literaria como poeta y maestro” sino que su 1° obra Panambi -versos entrerrianos- ha sido valorada al cumplir los 50 (por el Concejo Deliberante de Colón) y a los 60 años (por la Cámara de Diputados de Entre Ríos) de su publicación.

En su tramo final, Jorge fue inspiración para jóvenes en proyectos periodísticos como El Ombú y la reedición de Tribuna en Colón. Me pasó lo mismo cuando fui a entrevistarlo con el periodista Senén González y me ofreció su colección de diarios y fotografías, origen de mi libro sobre Liebig. La antología de Andrew Graham-Yooll es un honor especial porque uno de sus poemas fue traducido junto a los de Calveyra y Mastronardi… y llegaron a la Feria de Frankfurt.

Entre legado y memorias [valor del archivo Martí]

Entre tanto vivido, escrito y recitado, las palabras y las coplas de Martí resuenan en la emoción y el latido entrerriano. En la casa de 3 de febrero 66 me he encontrado con lo que el escritor nos dejó… es nuestra herencia, una herencia familiar y una herencia entrerriana.

El acervo documental representa 95 metros lineales distribuidos en bibliotecas, muebles y cajas: son 3500 libros, periódicos y revistas impresos, 600 documentos en papel, 25 cuadros, 90 premios personales, incontables fotografías [propias y de su padre] y casi 1000 ítems, en formato musical… que aguardan su organización y conservación.

Los álbumes fotográficos de su padre Francisco son cuatro con fotografías en blanco y negro que retratan la niñez de Jorge y familia, la vida en la fábrica y en el pueblo de Liebig; así como la llegada del primer nieto, Jorgito.

Entre papeles y papelitos encontramos originales manuscritos, algunos escritos en tinta, otros a lápiz o tipeados… los sonetos impresos en Tribuna de Entre Ríos y Canciones, que no llegaron a ser libro… y no puedo afirmarlo, quizás hay ¿alguna poesía inédita?

El epistolario de Jorge contiene correspondencia con periodistas, escritores, poetas y “amigos fraternales” … hasta la viuda de Quirós. Una carta de Calveyra, desde París, confiesa tener Rapsodia en la cabecera de su cama: “en cualquier momento leo un poema y la provincia desciende. Para mí, es una fiesta”.

Descubrí cuadernos manuscritos, otros con recortes de los poemas publicados en el periódico El Orden como Javier U. Paz; así como “maquetas poéticas” de sumo interés. Llamó mi atención la antología de poetas fraternales y entrerrianos [la que no se editó]… proyecto que, últimamente, había estado en conversación con Andrew Graham-Yooll y Juan Meneguin, para una posible publicación.

La colección bibliográfica es muy amplia, donde la poesía en general y la poesía entrerriana; así como de amigos fraternales, tiene una gran presencia. Ejemplares autografiados y dedicados por referentes culturales de la provincia y del país dan cuenta de su trama de vínculos y relaciones, de amistad y cercanía.

Los temas de interés son amplios y diversos: el río, Quirós, el radicalismo y el peronismo, Alfonsín, la Frater, educación, literatura, personajes de la historia, Urquiza y el Palacio, Hernández y el Martín Fierro, Grupo Montevideo, el problema de las papeleras, sus grandes amigos Sampayo y el Zurdo una nota a Julio Pintos en Liebig y a Zelich, su amigo… etc.

El archivo hoy es un reservorio de papeles, de importancia emocional para la familia… o de curioso interés por las “perlitas ocultas”, para todo investigador.

De aquí en más, tenemos el desafío no sólo de custodiar una montaña de papeles sino convertirlo en un archivo accesible para investigar y crear nuevos contenidos. Queda en manos de todos los entrerrianos, de los vecinos del río Uruguay y de los colonenses, el compromiso de cuidar y difundir el legado de este gran creador.

 

¡Muchas gracias, a Jorge por su legado y muchas gracias a ustedes por celebrarlo aquí!